Esta Cenicienta ya ha pasado por noches increíbles y por eternas tardes de tristeza. Esta Cenicienta ha amado al Príncipe azul y al vagabundo pensando que ese podía ser su cuento de hadas. Esta Cenicienta ha reído con chistes malos y ha llorado por razones que estaban más allá de ella.
Esta Cenicienta ha caído y ha llenado de lodo su mágico vestido. Pero esta Cenicienta se levantó y lanzó sus zapatos de cristal bien lejos para correr en libertad.
Para ser, finalmente, feliz. Por el tiempo que dure.
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sábado, 7 de abril de 2012

Regalo de cumpleaños [relato]


Ella había amanecido ese día con un año más de vida. No era especialmente feliz, había aprendido a celebrar cada día vivido en lugar de cada año. 
Además, ese día en particular estaba especialmente ocupada por lo que sus planes de festejo se habían pospuesto.
Iba apurada por los pasillos de la universidad, directo a la clase a la que estaba llegando tarde cuando alguien la abraza por detrás. Reconoció aquel torso musculoso que chocaba con su espalda, pero no quiso pensar mucho en ello.
Él, su mejor amigo, se puso frente a ella con esa sonrisa blanca que le gustaba y, en secreto aún para ella misma, amaba. 
-Feliz cumpleaños-dijo y se inclinó a darle dos besos en las mejillas.
Pero algo pasó en medio. Accidentalmente, sus labios se rozaron por un milisegundo cuando ambos giraron sus rostros.
Fue devastador para los dos.
Él había soñado mucho tiempo con aquellos labios. 
Ella sintió sorprendida cómo el calor llenaba su pecho e íntimamente pedía más.
Nada más pasó.
Él agachó la mirada avergonzado. Ella río nerviosa intentando alivianar el ambiente entre ambos. 
Él la miró por todo un segundo antes de que su amiga corriera a clases con una enorme sonrisa alegando que estaba atrasada
Ella se permitía pensarlo, pero ese había sido el mejor regalo.

viernes, 9 de marzo de 2012

Ojos verdes [Relato]

La razón por la que había acudido a ése lugar no era precisamente alentadora, ni siquiera habría concedido ir hasta allí de habérmelo preguntado a mí misma. Pero, allí estaba: entre esa multitud de desconocidos, observando aquel desfile que colmaba una de las más importantes arterias de una ciudad no lo bastante grande.
Y entonces apareciste... como un espejismo, como una ilusión, como uno de mis sueños oníricos en los que las personas avanzaban con grandes nubes de humo blanco y luces apuntándolos como si estuvieran en un escenario.
Un segundo antes, en ese lugar sólo habían rostros sosos, sin gracia ni emociones, y cuando volví la mirada sobresalías de entre las cabezas, como la encarnación de la dulzura a pesar de la seriedad dueña de tus expresiones.
El pelo rubio de revoltosos y adorables rizos no iba a pasarme inadvertido ni por un segundo, aunque aquel estereotipo de peinado masculino no entrara exactamente en mis cánones de hombre. Sin embargo, era tu cabello lo que te daba ese aire de tierna sensualidad.
Caminaste entre las personas con gráciles movimientos, enderezándote cada tanto para abrirte paso entre los apretujados cuerpos de la gente indiferente a ti. ¿Acaso no se daban cuenta de tan inusual belleza? Por mi parte, no podía hallar nada en esa calle que pudiera llamarme más la atención.
No te percataste de mi presencia ni de mi incesante mirada hasta que estuviste a mi lado, a sólo un metro. ¡A mi lado! Bastaba con extender una mano para comprobar si eras o no producto de mi imaginación sobredesarrollada gracias a las novelas que me gustan leer.
No lo hice, me había faltado el valor para ese acto de desfachatez en el que osaba tocar a un completo desconocido para la simple constatación de mi cordura. Pero tus ojos se clavaron en los míos con avidez por una fracción de segundo.
Verde. Todo se volvió verde. Verde hierba o verde agua ¿qué importaba? Verde de tus ojos.
Las piernas se me hicieron de gelatina y el estómago pasó a pesarme media tonelada con ese gesto tuyo.
Una leve sonrisa asomó por las comisuras de tus finos y rosas labios en ese momento, quizás habías descubierto el poder que tenías sobre mí y eso te hacía sentir omnipotente. Insolente desconocido que pretendía manejarme. Estúpida yo que quería que lo hiciera.
Un estruendo desvió tu atención hacia el desfile que yo misma había olvidado, todo aquel alboroto sólo me parecía música ambiental de fondo, rompiendo nuestra conexión y devolviéndome un atisbo de consciencia al mismo tiempo.
Sonreí como una tonta volviendo mi vista hacia adelante, hacia los niños que flameaban pequeñas banderas de papel celeste y blanco.
Sentía tu mirada escrutar mi rostro de vez en cuando, abrasándome... y cuando dirigía la mía hacia ti, simplemente volteabas, como adolescente inseguro. Volvía a sonreír, tal vez la omnipotente era yo.

El destino no lo quiso y, aunque cada vez que nuestros ojos se encontraran -verde y castaño se mezclaran en sincronía a mitad de camino como menta y chocolate- sintiera que te conociera de toda la vida, como si hubiera mantenido contigo una larga conversación a pesar de no haber oído tu voz dirigida directamente a mí. Nuestra historia tuvo su fin al tiempo que aquel desfile festivo, y tus sonrisas y miradas se fueron como el confeti con el viento, dejando detrás sólo el brillo de tus ojos como recuerdo.-

Relato viejito, uno de los primeros y al cual le tengo bastante cariño.

sábado, 21 de enero de 2012

Fake love [Relato]


Yanille miró entre la duda y la esperanza aquel trozo de tela rosa bordada. Una preciosa falda de algodón con delicadas rosas decorando todo su borde. Incluso podía verse dentro de ella, parecería una campanilla romántica. 
Sonrió. Nada perdía con intentar. 
La tomó, junto con otras prendas de aquel mostrador de su tienda favorita y corrió al probador. Se la calzó. Y la Yanille del espejo en aquel minúsculo cuarto le sonrió con aprobación. 
La tela se ajustaba perfectamente a sus caderas y flotaba con suavidad hasta un poco más arriba de sus rodillas. 
Sentía como si hubiera rejuvenecido. Como si una vez más tuviera dieciocho. 
Recordó viejos tiempos, cuando salía a pasear con sus amigas y tomaba helado de chocolate y vainilla. 
-¡¡Yanille!! ¡Sal! ¿Qué tanto haces allí dentro? –exclamó Fabrizio del otro lado de la cortina. 
Ella no podía esperar por saber qué opinaba su esposo de aquella prenda. Quería oírle decir que le quedaba hermosa, que sus piernas se veían soñadas y que incluso parecía haberle aumentado un par de centímetros de estatura. 
Salió con la misma sonrisa y un brillo en sus ojos muy parecido a la excitación de un nuevo descubrimiento, pero teñido de viejos recuerdos. 
-¿Qué te parece? –musitó con su pequeña voz y giró sobre su eje para que Fabrizio la viera en todo su esplendor. 
Él frunció el ceño. 
-Depende de a quién quieras cazar con eso –dijo con voz brusca señalando la inocente prenda como si le hubiera ofendido profundamente. 
Yanille eliminó la sonrisa de su rostro y de repente sintió que aquella falda era más corta de lo que parecía. Tiró de ella hacia abajo intentando cubrir más de su piel, pero la tela no colaboraba. 
Fabrizio se acercó con ese paso dominante que siempre ostentaba, tomó su rostro entre ambas manos y se inclinó a hablarle en voz baja. 
-Sabes que no me gusta que uses prendas cortas. Es como si estuvieras ofreciéndote a todo el mundo. Y tú eres sólo mía. 
La besó posesivamente por un momento. 
-¿Has entendido? –preguntó. 
Yanille, sintiéndose culpable por lo que le había hecho, asintió con la cabeza. Fabrizio sonrió complacido. 
-Bien, ahora quítate eso y pruébate esto –le ordenó y le tendió una larga falda color chocolate que le llegaría hasta los tobillos. No tenía bordados ni apliques. 
Era lisa y aburrida, pensó Yanille. Pero supuso que las esposas debían vestir así, después de todo, Fabrizio sólo quería lo mejor para ella ¿no?


***


Esto es algo que he querido escribir hace tiempo. Quería reflejar la manera en la que algunas personas creen amar. Y, lastimosamente, muchas veces es el principio de algo peor. Lo digo porque los personajes de esta historia son reales y la mujer es amiga mía. 
Es mucha la impotencia que uno sufre ante estas situaciones, el no poder hacer absolutamente nada porque lo toman de una manera tan natural que yo no alcanzo a comprender. No entiendo cómo es que alguien que te ame puede cortarte las alas de esta manera -y no hablo sólo del hecho de la forma de vestir-. Porque todo inicia con un pseudo control de la ropa, luego simplemente no le está permitido trabajar, estudiar o verse con amigas. 
En mi humilde opinión, eso ya no es amor.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Amor clandestino [relato]


-¡¡Richard!! 
Se escuchó el resonar del grito agudo en toda la oficina. En los cubículos las conversaciones se detuvieron por todo un minuto para observar al joven en el escritorio principal, a un lado de la oficina de la jefa de edición y dueña de la exclamación. Ellos sospechaban que algo debía ir muy mal para que ella se expresara de ese modo. E incluso temían por la integridad del pobre empleado. 
Richard, sintió el escrutinio de sus compañeros de trabajo como un calor en su espalda que se apagó sólo al cerrar la puerta tras él al entrar. 
Él sabía que toda la empresa se podía comunicar a través de los teléfonos conectados entre cada escritorio. Para sus compañeros, un grito de la jefa de edición sólo podía significar que estaba en problemas. Pero él sabía que aquella era una señal en nada parecido a su idea. Y de sólo pensar lo que le esperaba sentía cosquillas en las manos. 
-Podría haberme llamado por el interno, Margaret –musitó teatralmente para los oídos de sus compañeros que aún observaban la puerta cerrándose. 
La morena mujer que pisaba los treinta y tantos le sonrió cómplice sentada en su escritorio, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Ese día se veía especialmente sensual, pues sus piernas se encontraban enfundadas en una estrechísima falda negra que le cubría los muslos hasta más abajo de las rodillas. Una camisa color canela se apretaba a su torso y los botones fuera de su ojal dejaban ver la cima de sus pechos. 
Richard sabía que esos botones no se habían zafado por sí solos.
Cruzó la oficina de dos zancadas y tomando la nuca de la mujer, encontró sus labios con los de ella en un tórrido beso. Ella se aferró a su cintura llena de necesidad. 
Sus bocas jugaron a atraparse por todo un minuto, como si nunca tuvieran suficiente de aquel juego. 
-Ya te extrañaba, cariño –susurró ella sobre sus labios en aquel minúsculo segundo en que el ángulo del beso cambiaba. 
Richard acarició la silueta de su amada con sus hábiles manos mientras contemplaba el deseo en aquellos castaños ojos. Cómo deseaba hacer desaparecer toda aquella ropa. 
Contestó a su afirmación con un beso lleno de pasión. Delineó los labios de Margaret con la punta de su lengua y la sintió estremecer entre sus brazos, mientras ella le quitaba el saco a tirones y colaba sus pequeñas y suaves manos bajo la blanca camisa, acariciando su piel. 
Él había llegado impuntual a su vida, pues ella ya pertenecía a alguien más. Ese cuerpo no era suyo más que por los pequeños instantes que ella quisiera regalarle. No eran sus manos las que la acariciaban un segundo antes de que cayera dormida. Ni eran sus labios los que le daban el último beso del día. 
Pero en ese momento nada importaba. Pues ella era inevitable, lo atraía incluso cuando él no lo deseaba. Habitaba su mente incluso cuando él había levantado una muralla alrededor de su corazón. 
Lo que había entre ellos era sencillo. Ella llamaba y él acudía dichoso. En secreto, como si él fuera el viento que se cuela en su falda. Prohibido. 
Sabía que lo perdería todo si ellos fueran descubiertos, que su cielo podría desmoronarse como por arte de magia, pero nada parecía lo suficientemente grave como para abandonar aquello que le hacía tanto bien. Nada era tan gratificante como sentir esa adrenalina cuando estaba en sus brazos, expuestos a que cualquiera, en cualquier momento los atraparan. 
Hundido en el espiral del amor, repartió besos por sus mejillas, descendiendo por su cuello. Saboreó el dulzor de su perfume detrás de sus orejas y sintió la textura de su piel encrespada bajo sus labios. 
La falda de Margaret se arrugó por sobre sus muslos cuando ella cruzó sus piernas en la cadera de Richard, atrayéndolo a ella, a su cuerpo y a su deseo. Sintió aquel abdomen trabajado del que carecía su esposo presionando sus curvas y transportándola a un nuevo lugar, más allá de la oficina. 
Ella, la reina del hielo estaba mostrando sus sentimientos al único hombre que había logrado calar hondo en su alma. Se había cansado de esperar a quien que la hiciera sentir de ese modo. Mujer. Deseada. Amada. 
La cordura volvió a ellos al darse cuenta de en qué terminarían de seguir de esas mieles y se detuvieron al mismo tiempo, mirándose a los ojos y normalizando sus respiraciones como si ambos hubieran recibido un baldazo de agua. 
-Volvamos a la realidad, Rick –murmuró Margaret rozando su nariz con la de su amado. Sabía que sus encuentros no podían durar demasiado pues la gente sospecharía. 
-Como usted diga, Margaret –afirmó él irguiéndose en toda su altura y recuperando su saco del suelo. 
Se lo volvió a calzar mientras observaba a la mujer frente a él que arreglaba sus prendas para volver a interpretar su papel de malvada. 
Se adelantó para abrirle la puerta y colocarse él también en su personaje. 
-…entonces, dile a Bob que espere, tengo cosas más importantes que hacer –dijo seriamente Margaret improvisando un diálogo. Pisando fuerte y haciendo que sus tacones resonaran por sobre los sonidos de los cubículos. 
-Hecho –aceptó Richard detrás de ella y frente a todos sus compañeros que no tenían idea del amor entre ellos. 
Clandestino y que tenía como refugio oficinas y ascensores. A escondidas de todos.-


Inspirado en la canción de Maná del mismo nombre :)

jueves, 10 de noviembre de 2011

Countdown - Parte 17


Último párrafo [cont.]

A la mañana siguiente, el ingeniero Acker fue despertado por un llamado proveniente de la editorial donde había dejado el manuscrito original de su primer libro. La primera tanda de ejemplares saldría la semana siguiente y los libros ya estaban impresos y encuadernados para que él fuera a echarles un vistazo. 
Así lo hizo, con la emoción de haber cumplido su sueño. Y en lo primero que pensó al observar la portada del ejemplar que tenía en sus manos y, mientras el aroma a la tinta aún flotaba con cada página, fue en una joven que descansaba sobre una cama de hospital. 
Ese primer ejemplar entre sus manos ya tenía dueña y se lo haría llegar de manera personal. 

*** 

Alyssa Grant despertó esa mañana muy temprano debido al alboroto de gente que entraba y salía de la habitación que compartía con Jean. Desde su puesto en el sofá más lejano observó cómo el doctor Sullivan desconectaba las máquinas y el dolor desbordó su corazón al observar el inerte cuerpo de su amiga, más pálida que nunca y con la boca entreabierta como si aún intentara respirar. 
Todo había terminado para ella. Para ambas.
Se puso de pie y, como una autómata se acercó al lecho. Su amiga ya no estaba allí aunque quisiera que así fuera. 
Una solitaria lágrima abrió paso por sus mejillas precediendo la procesión de su llanto. Uno que en hacía demasiados años no inundaba su rostro. Uno que no pensó que derramaría jamás. Porque ella no lloraba jamás, porque ella era la princesa del hielo y las emociones no se marcaban en su cuerpo. 
Porque ella se había prometido a sí misma purgarse de todos los sentimientos. 
Pero había perdido a su única y mejor amiga. 
“No llores, amiga”, le habría dicho Jean, “ambas sabíamos que pasaría. Soy sólo yo, vamos”. Incluso podía sentir sus manos en los hombros, dándole apoyo. 
Recordó la sonrisa de la Jeanette positiva que vivía en Londres con ella. La que iba colocando dibujos y pinturas de colores por todo el departamento para que la casa “tuviera vida”. 
El destino había sido tan injusto con ella. Tomó una de las delgadas y frías manos de Jeanette entre las suyas y se despidió de su amiga para siempre prometiendo que continuaría viviendo en aquel libro que había escrito hasta el día anterior como si supiera que esa misma noche todo terminaría. 


Damien estaba feliz en su camino hacia el hospital. Llevaba con ansias su primer libro, el que se lo regalaría a Jeanette. No podía esperar para saber su opinión. 
Lo había escrito pensando en ella y fue por ella que lo tituló “Si tú fueras mi cielo”. En él había abierto su corazón como nunca antes lo había hecho desde que la había conocido hacía más de diez años. Esta era su forma de decirle lo que sentía pues la muchacha de la historia resultaba ser una copia fiel de su mejor amiga, con todos sus rasgos físicos y todo lo que amaba de ella. 
Estacionó su coche en el subsuelo y subió hasta la habitación correspondiente. Abrió la puerta sin tocar deseando que ella estuviera despierta. La saludaría con un beso en los labios. 
Al llegar, el cuarto estaba prácticamente vacío, sólo vio a Alyssa cabizbaja, acariciando las sábanas de una cama que ya no estaba ocupada. 
Su corazón lo entendió en ese instante. Jean no había visto la increíble mañana que se reproducía afuera pues su Jeanette había muerto. 
Los ojos delineados de rojo de Alyssa y con las ojeras marcadas se encontraron con los azules de Damien y bastó para contestar todas sus preguntas. Esa misma mirada disipó las dudas y abrió su pecho con una navaja, exponiendo todos sus órganos al exterior. Robándole el aire. Helando su alma. 
El regalo entre sus dedos aterrizó en el suelo con un golpe sordo mostrando en la portada la imagen de una joven morena de brillante cabellera que se estiraba para alcanzar un globo que se perdía en el cielo, y Aly corrió a encontrar algo que calmara su dolor en sus brazos. 
Dos penas siendo una más grande. Ambas llorando por un alma perdida. Jeanette que había decidido marchar aquella mañana, cuando el otoño perecía.-




Imagen de Dianar87 en Deviantart.


Bueno, Countdown llega a su fin. Espero que a mi lectora principal le haya gustado -porque no estoy segura de si alguien más lo leyó-. Mi intención con esta historia fue, sobre todo, mostrar el impacto de las decisiones que cada persona toma en su vida. Quería mostrar cómo -la misma Jeanette lo había dicho-, una decisión puede parecer buena en un momento y pésima pensándolo bien, pero que aún así, aceptar las consecuencias con la mejor sonrisa.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Countdown - Parte 16


Último párrafo

Gracias a las medicinas, no sabía decir si deseaba morir o no. No sentía mi cuerpo, el médico había dicho que de ese modo era mejor. Más llevadero. 
Pero quería irme, dejar de dar lástima con mi huesudo cuerpo, dejar de ocupar tiempo y espacio en las vidas de personas maravillosas que no merecían mantenerse atadas a mí. A lo que quedaba de mí. Personas llenas de vida, de sueños y expectativas. Llenas de capacidades. 
Sin embargo, si debía hacer un balance de mi corta existencia en el planeta Tierra, había conocido la amistad sincera con Aly. La unión familiar con mis padres. Y el sufrimiento y el amor con Damien.
Reí hasta llorar y esbocé una sonrisa cuando el llanto llegaba a su fin. 
No tuve hijos, ni planté muchos árboles. No podía donar órganos y aun no terminaba de escribir un libro. 
No colaboré con Greenpeace cuando dije que lo haría, ni fui a visitar a algún anciano al hospital. No leí un cuento a un niño huérfano ni me lancé en paracaídas. 
No teñí mi cabello de rojo como había deseado ni encontré las fuerzas para hacerme el tatuaje de un hada en mi omóplato. 
Pero para una persona común como yo, el haber conocido esos enormes sentimientos, el haber trabajado de lo que me gustaba y con la persona que quería había sido la mayor bendición y eso había llenado mis días de alegrías y gratificaciones. 
Intenté verle el lado positivo a la mayoría de las cosas y traté de mantener la sonrisa en mi rostro la mayor parte del tiempo. Agradecí por lo que había conseguido y acepté los dictámenes de cualquier ser superior. Intenté encontrar felicidad en las pequeñas cosas. 
Por lo tanto, podría decir que mi misión en la Tierra estaba cumplida. 

―Gracias, Aly ―musité con la voz quebrada cuando ella terminó de leer el último párrafo de lo que sería mi libro titulado “Cuenta atrás”. 
Y ya no fui capaz de pronunciar alguna otra palabra pues el sueño ganó mis resistencias y caí dormida entre las sábanas blancas aquella tarde de septiembre. 

*** 

Damien Acker llegó esa noche al sector Oncología del Hospital General de San Francisco con prisa por hablar con el médico de Jeanette. Estaba decidido a hacerla entrar en razón y que siguiera un tratamiento. No podía ser demasiado tarde para intentarlo. El dinero no importaba en lo más mínimo y aún menos cuando estaría logrando que ella regresara al mundo para poder amarla como se lo merecía. 
―Lo único que podría resultar moderadamente bien a estas alturas sería un trasplante de médula ósea ―le dijo el doctor Sullivan mientras metía sus manos en los bolsillos de su bata blanca―. Pero a partir del hecho de que, básicamente, la médula donante debe ser compatible con la de la señorita Fairchild resultaría imposible encontrar tal donante ya que por lo general, la compatibilidad se da entre familiares cercanos y tengo entendido que la paciente sólo lo tiene a usted y a su amiga ―finalizó apesadumbrado el joven profesional. 
Damien agachó la cabeza, abatido como si todas las esperanzas se hubieran fugado de su enamorado corazón y maldijo en su interior por no haber hecho algo antes. Cualquier cosa bastaría para hacerse entender que al menos lo había intentado. 
Era la primera vez en la vida que deseaba algo con tanta fuerza y no podía hacer absolutamente nada. Demonios, si hubiera resultado, él mismo se sacrificaría por saber que ella sobreviviría. 
Agradeció al médico por su atención, no así por su inútil explicación y partió hacia la habitación 352, la de Jeanette. 
Ella dormía, como un ángel envuelta en nubes de sábanas blancas. Sonrió al observar la paz que emanaba. Como indiferente de los miles de sonidos que la rodeaban.
Odiaba cómo la leucemia la había consumido, como si se la comiera desde adentro dejando sólo piel y huesos tras sus pasos. 
Pero ella había sido siempre la misma. La misma Jeanette, la misma simpatía, la misma sencillez. El mismo brillo inocente en sus ojos oscuros y la misma sonrisa destellante en sus labios ahora pálidos. 
Los mismos labios que él mismo había probado la noche anterior y que, a pesar de saber que ya no mantenían el mismo sabor, a él le habían sabido a gloria. Un néctar de edición limitada y que, hasta entonces, jamás había probado. 
La había besado finalmente, lo había deseado hacía tanto tiempo que ya había perdido la cuenta. Pero jamás había soñado que cumpliría su deseo y mucho menos en una situación como aquella: ella internada con leucemia sin otro tratamiento que no fuera el que la mantenía sin dolores. 
Su cabeza estaba decorada con un pañuelo de seda multicolor y sus uñas resaltaban sobre la gama de los blancos del ambiente con su estridente tono azul eléctrico. 
Jean era así, multicolor como un arco iris, con tantos colores como energía. Decía lo que sentía y amaba sonreír a todo y a todos, incluso aunque el receptor de sus sonrisas no se lo mereciera. 
―¿Cómo ha estado? ―le preguntó a Alyssa a modo de saludo, al tiempo que colocaba un nuevo ramo de flores en el jarrón violeta sobre la mesa de noche. 
―No despertó en toda la tarde ―le explicó ella con la mirada cansada―. Ha tenido días mejores. 
Alyssa estaba escribiendo en su laptop mientras él se quedaba contemplando la madeja de piel que resultaba ser su amada. 
No podía evitar pensar en qué habría pasado si él hubiera ido en su busca cuando ella había desaparecido. Aunque tampoco era que en aquel momento tuviera alguna pista sobre dónde podría encontrarla. 
Damien se mantuvo a su lado hasta muy tarde a la noche, volvió a su departamento sólo después de que Aly lo hubiera despertado del regazo de Jean. Besó su pálida frente y antes de partir memorizó la tranquilidad de su cuerpo para luego desaparecer tras la puerta.


Imagen de Aimeeliketotakepics en Deviantart.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Frida [relato]

Frida acomodó sus compras sobre el mostrador para que el cajero pudiera cobrarle. Medio kilogramo de fresas y un pote de crema batida. 
Sus delicadas manos de uñas pintadas de rojo dejaron la bandeja de fresas del mismo color sobre la superficie metalizada. 
El joven se dedicó a apretar botones sin siquiera levantar la mirada hacia ella. Pero Frida sabía que ella no tardaría en ver el color de sus iris. No tardaría en ver sus labios curvarse hacia ella. Lo sabía. 
-Son veintinueve, ochenta y nueve –musitó con voz mustia el cajero cuyo gafete rezaba Fred. 
-Tengo treinta –habló Frida con suavidad tendiéndole los billetes. 
Sólo entonces, Fred levantó la cabeza y recorrió el cuerpo de aquella mujer frente a él, de arriba abajo y deteniéndose con especial interés en el escote de su vestido primaveral blanco con flores rosas. Le pareció bonita. De hecho, hermosa. No ostentaba grandes curvas, mas aquel vestido le sentaba perfecto. Incluso pudo percibir un pequeño trozo del encaje rosa asomando por el borde del escote. 
Se aclaró la garganta antes de tomar el dinero que aquella delicada mano de uñas rojas le tendía y cambió su expresión por una más jovial en un instante. Como quien pasa la página de un libro. Una media sonrisa dejó atrás su cansada expresión. Frida sabía qué pensaba él y le encantaba. 
El joven le tendió un par de caramelos de uva como vuelto de su compra, aun cuando resultaba más de lo que correspondía. Ella le regaló una sonrisa inocente y agitó su castaña cabellera antes de girarse a tomar su bolsa. 
-Que tenga buenos días–se despidió Fred con animosidad luego de garabatear su número de contacto en el ticket de compra. 
Frida caminó contoneando sus caderas hasta la puerta de salida a sabiendas de que el joven la continuaba observando. Sintió esa calidez recorriéndola allí donde esa mirada castaña se paseaba. Y no desapareció hasta que se encontró bastante lejos. 
Se apresuró a tomar el transporte público y allí se ganó el saludo amable de un malhumorado chofer que se había dado la oportunidad de sonreírle a aquella mujer de tan encantadoras curvas. Las tenues de su cuerpo y la tímida de su sonrisa. 
Tomó asiento a mitad de las filas seguida por las miradas de todos quienes compartían el transporte con ella. Hombres y mujeres. 
Aquel día hacía especial calor en la ciudad por lo que subió un poco la falda de su vestido dejando ver un poco más de sus kilométricas piernas de suave color crema. Sintió una mirada masculina posada allí esperando que la tela mostrara un poco más de piel. 
Ella sólo sonrió, colocó la bolsa de sus compras en su regazo y con suavidad armó un desaliñado moño con su cabello para que el viento lograra acariciar su cuello y se llevase los restos de sudor. Tomó el pequeño espejo de su bolso y se prestó a observar si su maquillaje seguía en su lugar. 
Oh, sí, estaba intacto pese al sudor. Las largas pestañas continuaban negras agrandando sus ojos del color de las almendras y sus labios mantenían ese tono durazno apetecible que le había dado esa mañana. 
Una vez más sintió la observación de los pasajeros. Se sintió perfecta. Como si ellos también dieran su opinión acerca de su maquillaje. 
Ella sabía que era capaz de llamar la atención allí donde fuera. Todos se giraban sobre sí mismos para verla pasar, ver sus largas piernas y su estrecha cintura. Todos la veían esperando que les sonriera. Soñando con que se acercara a hablarles. 
Adoraba que los hombres la desearan y que las mujeres sintieran esa necesidad de querer parecerse a ella. 
Cruzó sus piernas entre sí y vio por el rabillo del ojo cómo un hombre cuarentón se agachaba notoriamente esperando ver algo más bajo su falda. Ella miró distraída el paisaje que rodeaba su departamento. 
Pronto debió descender del vehículo y le dedicó una mirada cargada de inocencia a aquel hombre que aún la seguía a través del cristal de la ventanilla. Como si en verdad ella nunca se hubiera dado cuenta de que él se la estaba comiendo con los ojos. 
Era adicta a las miradas, le gustaba saberse hermosa. 
Recorrió los escasos metros que la separaban de su hogar, saludó a un par de vecinos y, tras un corto paseo en ascensor, entró a su departamento dejando la bolsa de sus compras sobre la mesa del comedor. Se apresuró a darse un baño. Se quitó el maquillaje y simplemente hidrató su piel y roció un poco de su perfume detrás de las orejas. 
Cambió su sensual vestido blanco por un conjunto deportivo gris y ató su cabello en una alta cola de caballo en la cima de su cabeza. 
Tomó las fresas que había comprado, las lavó bajo el chorro de agua fría, las cortó en pequeños trozos y derramó la crema sobre ellas. Haciendo caso a esa parte de ella que pedía por un postre desde muy temprano en la mañana. 
Se dispuso a esperar mientras tomaba los trozos de la cremosa fruta y escuchaba una canción cualquiera en la radio de turno. 
El timbre resonó en el departamento cinco minutos después. Eso le robó una genuina y brillante sonrisa. Una muy distinta a todas las que había regalado esa mañana. Se apresuró a abrir la puerta y se refugió en aquellos brazos que tanto amaba sin siquiera asegurarse de quién era aquel hombre. Pues su corazón lo sabía antes que su cerebro y no necesitaba confirmarlo, ella conocía de memoria ese perfume amaderado. 
Cuyo dueño estaba más allá de una simple mirada furtiva en el supermercado o en la calle. 
El dueño de esos brazos que la rodeaban con cariño la amaba por sobre su aspecto y sólo frente a él ella podía ser simplemente Frida, sin prendas que mostraran más de su cuerpo. Él no necesitaba de prendas que pudieran insinuar, porque él simplemente conocía cada milímetro de su piel. 
El dueño de esos brazos y autor de aquel tierno beso no necesitaba que ella se mostrara inalcanzable, etérea, sensual e imposible. Porque él la había alcanzado y la había sentido real. Porque ella se lo había permitido. 
Él dueño de aquel suave ‘Buenos días, cariño’ no necesitaba del maquillaje que agrandara sus bellos ojos, ni del rubor artificial en sus mejillas, no necesitaba del rojo en sus labios ni de las miradas cargadas de dobles significados. Porque sabía que ella cambiaría todas aquellas miradas que le habían regalado en todo el día por una sola de las suyas en ese momento. Una mirada llena de verdadero amor.-

martes, 1 de noviembre de 2011

Countdown - Parte 15


Confesiones [cont.]

Mi mente no estaba preparada para tanta información acumulada y volvía a trabajar a velocidad reducida. Una parte de ella saltaba de alegría por todo aquel significado oculto en las palabras. 
La otra, simplemente se negaba a creer en esta realidad. 
―Volví por ti, Damien ―me confesé intentando esquivar mi vista hacia cualquier parte, mas él no me lo permitió―, quería saber cómo estabas. 
―¿Por qué desapareciste? ―volvió a preguntarme como unas cuantas noches atrás. Urgido por una respuesta, pero con la ternura de quien sabe que no la encontrará de buenas a primeras. 
Cerré los ojos con fuerzas. Era el momento, iba a perderlo de todos modos, ¿qué importaba que le dijera la verdad? ¿Qué diferencia haría? 
Ninguna. Sólo me quitaría un peso de encima. 
―Tenía miedo ―susurré, un tanto por la conmoción y otro tanto por la escasa fuerza que quedaba en mi cuerpo―. Había empezado a sentir por ti cosas que no me permitía y pensé que cruzando la frontera las podría abandonar aquí. 
―¿Fue así? ―quiso saber. Negué con la cabeza. 
Aquellos sentimientos me habían acompañado hasta Inglaterra. Me acompañarían incluso si viajara hasta la Luna. Estarían conmigo por siempre. 
―No sabes la impotencia que siento al verte dejándote morir. La impotencia de encontrarte sólo para volver a perderte y esta vez para siempre. Pero aún más porque podríamos haber tenido un futuro juntos. Uno mejor que éste ―dijo, esta vez agachando él la vista. 
Dejó caer su mano de mi rostro, rendido. El corazón se me estrujó de tristeza y las palabras resonaron en mi interior por todo un minuto. 
“Un futuro juntos”. Inclusive podía imaginarlo. Podía verme enamorada de él, riendo juntos en la banca de una plaza. Jugando con la harina mientras preparábamos pizza. Durmiendo acurrucada en su pecho mientras la lluvia empañaba el vidrio de mi ventana. Sería tan sencillo dejarlo ser que dolía todavía más que los ataques de la leucemia en mi cuerpo. 
―Por favor, no digas más. No soportaría pensar en todo lo que me he equivocado ―musité de manera casi inaudible. Cerré los ojos y me lamenté profundamente. 
Había cometido tantos errores y ahora era demasiado tarde. La bomba estaba a punto de estallar y en ese momento, deseaba que lo hiciera. 
Advertí una cálida respiración acariciar mi nariz, un segundo antes de sentir la suavidad de sus labios en los míos. Tiernos y cargados de sentimientos, de necesidad y deseos. 
Si tan sólo pudiera borrar la leucemia de mi cuerpo. Hubiera respondido con mayor vitalidad a aquel beso. Daría todo de mí y no sólo la mísera pizca de vida que se me escapaba con cada respiración. 
Pero un beso de Damien lo justificaba todo. El saber que sentía algo lejanamente parecido a lo que yo sentía por él, allí, incluso a un metro de la muerte, me mostraba que en verdad el amor existía. Que había alguien allí para mí pero que por decisiones equivocadas jamás sería nada más que ese beso. 
La respiración me falló casi de inmediato y él lo supo. Se apartó de mí y lo observé abrir sus ojos. Sus ojos azules salpicados de amor, al borde del llanto y enmarcados por largas pestañas que lo hacían adorable. 
Las motitas oscuras en sus iris estaban allí como hacía siete años y minúsculas líneas de expresión se dibujaron en el contorno de sus ojos cuando me sonrió levemente. 
Me llevaría esa imagen tatuada para toda la eternidad. 


El día siguiente fue el peor de todos. Ni siquiera podía encontrar un poco de paz rememorando el beso con Damien. Había sido el momento más especial de mi vida y no había podido disfrutarlo. 
Ese beso había sido el principio de algo que duró lo que el beso. Un par de segundos. Para terminar sin que siquiera sus labios lograran calentar los míos con su roce. 
La muerte estaba rondándome muy cerca, podía sentirla a los pies de la cama, decidiendo si llevarme con ella en quince minutos o mañana por la mañana. Como si esperara el escenario preciso para mi último acto. 
Aly a mi lado, escribía lo que le susurraba, con su oído inclinado hacia mi prácticamente inaudible voz. Corrigiendo mis expresiones cuando resultaban incoherentes. 
Buscaba un cierre, una manera de culminarlo todo. Algo que quien lo leyera luego no se quedara con un sabor amargo ni una tristeza incontenible como la de mi amiga en ese momento. Algo que, de cierto modo, dejara una enseñanza. 
Pero me resultaba difícil dejar una moraleja cuando yo misma había aprendido tarde todas las cosas trascendentales de la vida. 
Pero, aun viendo a la muerte a la cara, no tenía miedo ni dolor. Los analgésicos se encargaban de borrarlo todo. Sólo me quedaba una estúpida sensación en el pecho al no haber seguido el consejo de Aly cuando insistía en que me tratara. Claro, en ese entonces no tenía idea que volvería a encontrar a Damien, que resultaría que lo continuaba amando y que él correspondería minúsculamente a ese sentimiento. 
Mi amiga mientras tanto se mantenía en silencio, salvo las escasas palabras que de vez en cuando pronunciaba para corroborar mis ideas a escribir. No comentaba acerca de lo que estaba cerca, pues ella bien sabía que yo conocía muy bien las palabras que quería decir al respecto de casi todo. 
“Me alegra que tú y Damien se hayan sincerado”, habría dicho. “Aunque me hubiera gustado que todo sucediera antes” 
Era increíble la manera en la que una simple decisión tomada en un momento diferente podía haberlo cambiado todo. 
La decisión de no huir de Estados Unidos, la de confesar mis sentimientos a Damien aún estando aquí, la de seguir un tratamiento… podría haber logrado que yo no estuviera en esas condiciones. 
Quizás estaría casada con Damien, recuperándome de leucemia. 
Quizás lo nuestro no habría funcionado de todos modos pero me habría convencido de luchar. 
Siempre pensé que las decisiones tomadas en un determinado momento podían resultar muy buenas hoy y no tan buenas mañana, viéndolas desde otra perspectiva.
De cualquier modo, ya era demasiado tarde para mí.

lunes, 17 de octubre de 2011

Countdown - Parte 14



Confesiones


―Me sorprende que no hayas rehecho tu vida, Jean ―habló Damien la noche siguiente como quien hablaba del clima. 
Estábamos solos. Sólo él y yo en aquella habitación que me parecía cada vez más borrosa. Cada vez más distorsionada. Los analgésicos que me suministraban eran demasiado fuertes y la mayor parte del tiempo me hundía en una extraña bruma que me alejaba de la realidad del suelo. Dormía doce horas al día y casi nunca cuando Damien estaba conmigo.
Alyssa había ido a nuestro departamento para darse un baño y cenar decentemente. Había accedido a dejarme sólo porque Damien prometió cuidar de mí.                
―No encontré nadie que valiera lo suficiente la pena ―nadie que pudiera quitarte de mi mente, dije en mis adentros―. Además he estado ocupada con mi trabajo desde que llegué a Londres ―expliqué burdamente.
―Pero en tu oficina debió de haber escritores y periodistas varones ―arremetió con la mirada agachada hacia la pantalla de su laptop. Distraído.
―Obviamente, pero te lo he dicho, simplemente nadie cubría los requisitos.
Damien guardó silencio por un largo rato, mientras tanto yo empezaba a sentir ese mareo previo al sueño que últimamente conocía muy bien.
―¿Por qué abandonaste San Francisco en un principio? ¿Por qué lo dejaste todo sin aviso?―le escuché preguntar. Pero yo ya no estaba en condiciones de responder.
Morfeo me había tomado entre sus brazos apartándome del dolor por toda una noche. Librándome de una respuesta incómoda.

Desde el día siguiente, el día quince de internación, la leucemia se hacía sentir más que nunca. Ya no podía caminar de mi cama al baño, las piernas no soportaban mi peso y debí atarme a una silla de ruedas para lograr moverme de lugar. Ya no podía sostener una lapicera en mis manos y mi caligrafía resultaba ininteligible, por lo que Alyssa me dejaba su laptop para continuar escribiendo mientras Damien no estuviera por allí.
Una semana después, ni siquiera un teclado electrónico era útil. Aly decidió escribir por mí lo que fuera que le dictara.
Damien me visitaba todos los días después de salir de su estudio, me quedaba observándolo cuando creía que él no me veía y se mantenía entretenido con sus escritos y bocetos. Memorizando cada rasgo y cada gesto de aquel hombre que se había colado en mi interior más que cualquier otra persona.
Aquella noche, su teléfono celular resonó en la habitación con una alegre canción que, en momentos como aquellos, resultaba tan fuera de lugar. Él se apresuró a contestar luego de hacerle una mueca a la pantalla del teléfono.
―Sí, Jennifer ―dijo cerrando su computadora―. Ya te he dicho que una vez que salga de la oficina no estoy para nadie ―una pausa―. Lo sé, dile al señor Cambridge que estamos trabajando en ello, que no se apresure pues es un trabajo delicado.
Debía de ser su secretaria, quizás la misma mujer morena que había visto aquella vez en la cafetería. Quizás también su pareja.
―¿A qué viene tu insistencia a llamarme a horas que bien sabes son mías y no del trabajo? No, no digo que estés siendo fastidiosa, simplemente nunca has insistido por algo como esto. Estoy en algo importante ¿sabes? Nos veremos mañana, si no te molesta ―habló educado y cortó la llamada.
―Creo que alguien, a diferencia de mí, sí ha rehecho su vida ―musité desde mi lecho, girándome a duras penas hacia él. Las vías introvenosas estiraron la piel de la que se tomaban y el respirador en mi nariz se movió de su lugar original. Me lo acomodé como pude.
Él pareció despertar de un sueño al escucharme hablar y enfocó su mirada en mí. Me dedicó una media sonrisa.
―Se puede decir que sí. No me conformé con el título de arquitecto y fui por la ingeniería...
―No me refiero a eso ―lo interrumpí ―. Hablo de Jennifer.
―Ah, ella. No somos pareja ―dijo seguro agregando el movimiento de su mano―. No te voy a negar que la elegí como mi secretaria porque al principio existió una atracción entre ambos pero… ―calló y se mostró pensativo―, ella no es de esas personas con la que mantener una relación estable. La verdad, tampoco he encontrado a nadie que quiera algo serio conmigo y ya estoy cansado de sentimientos vacíos ―me explicó―. Siendo soltero he tenido más tiempo libre, y ya me conoces, no puedo estar sin hacer nada, por lo que me dediqué a perfeccionarme y, como ahora, a perseguir mi sueño. Nada más necesitaba alguien que me diera ese empujón de inicio.
Me resultaba fascinante escucharlo hablar. Su voz. Las formas de sus labios al modular las palabras. El cambio en la expresión de sus ojos cuando hablaba del tiempo o de su vida.
―Me alegra que hayas encontrado quien te ayude a lograrlo ―hablé con una sonrisa.
Damien me miró fijamente por mucho tiempo, traspasándome con su mirada y llevándome a una paz que hacía bastante no sentía.
―Sí, me alegra haberte encontrado ―dijo tan suavemente que creí no haberlo escuchado en realidad.
―¡Vamos! ¡Cómo si tú necesitaras de alguien como yo para hacer cualquier cosa! ―exclamé incrédula.
Él suspiró, se quitó los lentes, tomó su laptop de su regazo y la dejó a mis pies, sobre la cama.
Acercó su silla y, por consiguiente, su cuerpo al mío. Colocó su gran mano sobre mi mejilla afiebrada y atrapó mi mirada con la suya por toda una eternidad.
Sus ojos brillaban diferentes, creí que se debía a la luz fluorescente sobre mi cabeza. Pero casi al instante supe que ese brillo venía desde su interior, pues contenía sentimientos que no pensé que vendrían de él hacia mí.
No era lástima, ni siquiera era cansancio por tener que estar conmigo cada día.
―He estado escribiendo novelas desde hace años pero nadie había demostrado confianza en mí más que tú desde siempre, ¿cómo no te voy a necesitar? ―murmuró sin soltar mi mirada ―. Y luego te fuiste, desapareciste sin ninguna explicación detrás, ¿qué crees que sentí en ese momento? No contestabas mis llamadas y no tenía idea de dónde podía buscarte. Archivé todos mis escritos el mismo día que caí en cuenta de que no volvería a verte.
>>Entonces, reconocí a Aly en la cafetería. Siete años después. Y allí estabas tú. Te había vuelto a encontrar ―sus ojos tomaron un nuevo brillo, algo muy parecido a la felicidad de haber encontrado un tesoro invaluable.
Analicé sus palabras lentamente. Este había sido el más largo de sus discursos. El más sincero. Y también el último que escucharía de él.
―No importaba el hecho de que estuvieras visiblemente enferma. El brillo de tus ojos seguía intacto. La alegría de vivir aún se observaba en tus pupilas. Por eso te reconocí ―me contó.

martes, 11 de octubre de 2011

Countdown - Parte 13


Últimos pasos


La primera mañana de mi internación fui despertada por Alyssa que revoloteaba aquí y allá decorando la habitación, con portarretratos y pinturas. Intentando poner color a tan deprimente escenario. Para, al menos, dejar el mundo de una manera menos triste. 
Una maleta abierta descansaba en el gran sofá donde supuse ella había pasado la noche, y otra cerrada acostada en el suelo. 
Sobre la pequeña mesa de luz a un lado de mi cabeza había un jarrón violeta colmado de flores rosas, blancas y lilas. Claveles y margaritas. Y pequeños helechos dando verdor al ramo. Un gran moño a tono  terminaba el arreglo.
Una tarjeta rectangular rosa entre las flores. 
―Buenos días ―saludó Alyssa, le regalé una sonrisa para que supiera que había amanecido bien―. Bonitas flores ¿eh? 
―Buenos días, Aly ―dije sentándome lentamente. Me sentía mejor que el día anterior, lo que me puso de excelente humor―. Sí, son hermosas. Gracias por el regalo, a este cuarto le hacía falta un poco de color. 
Alyssa afirmó levemente con la cabeza y luego rió bajito. 
―No fui yo ―explicó acercándose al ramo, acarició las flores con una sonrisa extraña y tomó la pequeña tarjeta para que pudiera darle un vistazo. 
La tarjeta decía: Que tengas un lindo día. Damien. 
Como estúpida sonreí. Leyendo las sencillas palabras con aquella voz profunda en mi mente. 
Había sido una agradable sorpresa. Una enorme sorpresa recibir un ramo de flores de la única persona de la que pensé no volver a tener noticias jamás luego de aquella minúscula conversación del día anterior. 
Y esa sonrisa sobrevivió todo el día y un poco más. Hasta que una sorpresa aún mayor que las flores apareció detrás de la puerta de mi aún aburrida habitación. 
―Buenas noches ―dijo él, Damien con el mismo aspecto cansino y la misma pequeña sonrisa al verme luego de que hube terminado de cenar. 
―Buenas noches ―repetimos Aly y yo al mismo tiempo. 
Damien tiró su gabardina sobre el respaldo de la silla a mi lado y tomó asiento. Amplió su sonrisa al ver el ramo de flores sobre mi mesa de luz. 
―¿Te han gustado las flores? ―me preguntó. Asentí. 
―Sí, gracias, son muy bonitas. 
―Pensé que, ya que conociéndote no te gustaría quedarte en un lugar tan deprimente, al menos podría colaborar con un poco de color ―explicó con un encogimiento de hombros. 
Y allí fue cuando supe que aún lo amaba, porque a pesar de haber pasado tanto tiempo desde la última vez que nos hayamos visto aún me recordaba. Él no me había olvidado incluso cuando había desaparecido de repente. Incluso cuando debería de estar enfadado conmigo. 
―Estás en lo cierto ―coincidí. 
Él me obsequió una de sus más bellas sonrisas desarmando mi corazón y marcando de nuevo aquel ritmo que no había bailado desde hacía bastante tiempo. 

Desde esa noche, recibí sus visitas cada día, a la misma hora, con la misma sonrisa y el mismo ritmo acelerado de mi corazón como música de fondo. 
Reí mucho y sonreí bastante más. Recordamos tiempos pasados y nuestras divertidas tardes en la Universidad. Alyssa y Damien estaban haciendo mis últimos pasos realmente fáciles de transitar. 
Aquella mañana, el día más difícil que había vivido hasta entonces, era domingo y había despertado con mucho malestar. Esa mañana cambiaron la droga que me mantenía sin dolores por una más intensa. 
Me costó mucho trabajo levantar la cabeza de la almohada. El sólo hecho de cambiar de posición horizontal a vertical resultaba horrible. Los mareos abundaban y preferí contemplar el techo en lo que me quedaba de tiempo. Por más aburrida que pareciera la perspectiva. 
Alyssa se entretenía rearmando su incómodo lecho sobre el sofá, engordando sus almohadas y borrando las arrugas de sus sábanas rosas. Y Damien estaba a mi lado, escribiendo en su laptop, con un casi invisible par de lentes rectangulares que transparentaban sus ojos azules, brillantes por el cristal y por la misma concentración en su tan dedicada tarea. 
―¿Finalmente has decidido seguir tus sueños? ―hablé con una voz extraña, rasposa, apagada, que aunque no parecía, era la mía. 
Recordé una de las tantas conversaciones del pasado, esa en la que él me había confesado que su verdadero deseo era ser escritor. La misma en la que había escuchado de su boca que había elegido la carrera de arquitectura sólo para el placer de su madre, quien buscaba hallar un poco de consuelo de su viudez repentina en un hijo que cumpliría sus propios sueños frustrados. 
Damien levantó su vista de la pantalla y me clavó su mirada deslizando sus lentes hasta la punta de su nariz. Sonrió de lado antes de contestarme. 
―En algún momento debía hacerlo. 
―Me alegro por ti ―me sinceré. 
―He presentado uno de mis escritos en una editorial la semana pasada. Aún espero novedades ―me contó con un brillo de esperanza en su rostro. 
Me acosté de lado de modo de quedar frente a él y lograr observarlo mejor. Diablos, era increíble la manera en la que sentí que podría quedármele viendo toda la noche sin que me saturara de él. 
―Estoy segura de que la publicarán y será un éxito ―deseé, incluso cuando no tenía idea de la historia que contaba. 
―Ojalá. Te regalaré la primera copia ni bien esté lista―dijo volviendo a tipear en su laptop. 
―Sólo espero estar aquí para leerlo ―susurré volviendo a mirar el entretenido techo. 
―Sé que sí lo estarás ―afirmó seguro Damien que al parecer me había oído―. Y corregirás todo lo que se le haya pasado a los editores. 
Sonreí con tristeza. Mi cuerpo parecía una bomba, con un enorme reloj de dígitos rojos incrustado que contaba hacia atrás el tiempo que me quedaba. Y ese tiempo era muy escaso. Lo sabía.



Una de mis partes favoritas :)

sábado, 8 de octubre de 2011

Countdown - Parte 12


En la cornisa [cont.]

―¿Cuánto ha tiempo ha pasado, Jean? ―dijo de repente recordando, al parecer, la última vez que nos habíamos visto antes de mi partida a Inglaterra. 
―Siete años ―contesté segura. Un segundo después, me di cuenta de que por mi tono pareciera que hubiera estado contando los meses―. El tiempo te ha hecho bien ―comenté mirándolo por el rabillo del ojo. Él medio sonrió. 
“Bien” resultaba poco. Si al principio me hubiera parecido duro e impasible, esta vez que estaba a mi lado resultaba un hombre aún más atractivo que cuando compartíamos tardes de estudio. Sus rasgos eran masculinos e irradiaba seguridad por cada poro. Sin embargo, sus ojos continuaban siendo infantiles, frescos y alegres, aún con el cansancio marcando tenues ojeras bajo ellos. 
―A mí, ya ves, sólo me ha hecho mal ―hablé señalando mi cuerpo. 
Para ese entonces me encontraba muy delgada, sólo piel y huesos. Mi cabello negro había desaparecido por completo y en mi cabeza todo lo que había era un pañuelo verde esmeralda cubriendo mi calva. 
Me había despedido de mis cejas hacía pocos días y del color de mi piel desde un principio. 
Los anillos que solían adornar mis manos se caían de los dedos por lo que también dejé de usarlos. Mis uñas estaban cortas y pintadas de rojo después de haberle insistido a Alyssa que lo hiciera. 
―Pero algo habrás aprendido en todo este tiempo. Todo sucede por alguna razón y de todo se puede sacar una enseñanza ―habló pensativo, como si estuviera ventilando su propia experiencia. 
―Eso creo ―afirmé. 
Había aprendido, claro que sí. Entre otras cosas, a luchar por mí misma y a aceptar las situaciones amargas de la vida con una actitud positiva. A llorar cuando lo necesitaba y a secar mis lágrimas cuando me hube desahogado para continuar caminando. 
Pero no había aprendido a olvidar, a quitar a una persona de mi corazón, aun sabiendo que esa era la mejor opción. 
No aprendí a dejar el pasado, allí, en el pasado. 
Alyssa volvió un momento después, con el médico pisándole los talones. El hombre que rondaba la treintena, me miró con desaprobación al saber que no seguía un tratamiento específico pero continuó con mis deseos cuando usé la frase que repetía cada vez más a menudo y que mi amiga tanto odiaba escuchar. 
―No serviría de nada, doctor, sólo estaría aplazando lo inevitable. Es una especie de último deseo, no le negaría algo así a un difunto, ¿verdad? ―dije mientras el doctor Sullivan me observaba como si estuviera loca. 
Alyssa se mantenía a mi lado, agachando la mirada, tragándose las lágrimas. Intentando no llorar. 
Mientras tanto, Damien se entretenía acariciando una mustia planta que descansaba en un rincón, dándonos la espalda, como ajeno a la parafernalia médica de su alrededor. 
Tanto tiempo había pasado desde el momento en que había renunciado a cualquier cosa que me relacionara con él, que en ese momento me encontraba estúpidamente buscando cosas que pudieran unirme a él. 
Si tan solo tuviera tiempo que regalarle. Tiempo para recuperar viejas anécdotas y armar nuevos recuerdos. 
‘¡Cómo si él no tuviera nada más importante que hacer que pasar tiempo con una enferma terminal!’, exclamó llena de sabiduría una voz en mi interior. 
Era verdad. Resultaba inútil siquiera desear que él quisiera compartir tiempo a mi lado porque él, a diferencia de mí, sí tenía una vida. 
―Está bien, señorita Fairchild, la mantendremos estable todo el tiempo. Por favor, avísenos si siente algún tipo de dolor. 
―Lo haré yo, en caso de que ella no lo haga ―afirmó Alyssa―. La conozco lo suficiente como para interpretarla. 
―Muy bien ―dijo el doctor cerrando la carpeta que llevaba entre sus manos en la que anotaba todo acerca de mí. 
Esa noche, dormí sólo gracias a los sedantes y lo último que pude ver antes de caer rendida en el sueño fue a Damien despidiéndose de Alyssa con un abrazo.



Imagen de Volturispet en Deviantart

martes, 4 de octubre de 2011

Countdown - Parte 11


En la cornisa


El silencio era quebrado por sonidos mecánicos que se repetían constantemente. Agudos y graves. En mi mente dormida, sólo veía un rostro perfecto iluminado por los tonos cálidos de un atardecer, en cuyos ojos azules observaba el reconocimiento de haberse topado con algo que hacía mucho tiempo no había visto. Y un sopor cubriendo mi cuerpo que se desvanecía lentamente hasta devolverme a la realidad. 

Sentía frío y pronto me vi cubierta por blancas sábanas que no me parecían familiares y que sólo podían significar una cosa: estaba internada en un hospital. 

Me encontraba demasiado aturdida como para lamentarme, como para caer en la conclusión de que los días finales estaban aterradoramente cerca; y me tomó todo un minuto recrear los sucesos que precedieron a mi situación actual. Damien regresó a mi cabeza cuando Alyssa comenzó a hablarme. 
―¡Hey! Jean, ¿cómo te sientes? ­― musitó en voz baja poniéndose a la altura de mi rostro, a mi lado. La miré sin mirarla, las palabras llegaban a mi mente con retraso y tardaban unos segundos más en procesarse e indicarme cómo debía reaccionar. 
―Atontada ―dije con un hilo de voz. Y un momento después supe que quizás Aly y yo no estábamos solas en la habitación. Como habíamos dejado de estar solas en nuestra mesa en la cafetería. 
Giré mi cabeza en torno al pálido cuarto. No había nadie más allí, sólo las estrellas brillando del otro lado del cristal de la ventana. 
―Ha ido por café ―dijo Alyssa y el corazón se me apretó. 
―¿Quién? ―pregunté intentando apoyarme sobre mis codos. 
Él no podía seguir por allí, pues eso sólo significaba que sabía quién era yo, que estaba enferma, si acaso al borde de la muerte y eso, eso sólo contaría como una persona más que me tendría lástima. 
Y de Damien no lo soportaría. 
―Damien ―dijo simplemente―. Ha insistido en traerte hasta aquí cuando te desmayaste en la cafetería. Lo siento, no pude sostener mucho tiempo la farsa de no conocerlo. 
De nuevo esa lentitud en mi mente, como si se tratara de un caracol en una carrera de atletismo. 
―No sé qué decir ―confesé. 
Alyssa comprendió mi aturdimiento y no me invadió de preguntas, aun cuando sabía que estaba llena de ellas. Se dedicó a ayudarme a poder sentarme en la cama, acomodó mis almohadas y nos quedamos en completo silencio. Cada una en su propio mar de interrogantes. 
Yo simplemente me encontraba deseando con todas mis fuerzas que Damien hubiera optado por dejarnos en el hospital y volver a su agitada vida, que no hubiera elegido quedarse allí para otra cosa que no fuera realizar su buena acción del día y marcharse. No quería volver a verlo incluso aunque fuera lo que más necesitaba en ese momento. No quería ver la lástima opacando sus ojos al fijarse en mí. 
Pero la vida no solía cumplirme los deseos y no comenzaría a hacerlo entonces. En un instante, se oyeron dos golpecitos en la puerta de mi cuarto. Allí, mi corazón antes que nadie, supo quién se encontraba detrás de la hoja de madera. 
La manga de un saco oscuro se asomó junto con una gran mano varonil, dando paso al hombre que había poblado mi mente desde los diecisiete años, al que me había atormentado cada noche en los últimos meses. Ahora estaba allí, con el mismo gesto adusto y cansado que había visto en la cafetería. 
Un atisbo de la sonrisa que me había enamorado se asomó por sus suaves labios y sólo un destello de una alegría que se siente al reencontrarse con alguien del pasado decoró sus ojos claros al notar mi cuerpo desmadejado sobre la cama de hospital. 
Este Damien sonriente se parecía más al que me había robado el corazón. 
―Jean ―fue todo lo que dijo con su perfecta voz. Ocupó el lugar de Alyssa a mi lado y amplió su sonrisa. 
La máquina conectada a mi corazón delató mi nerviosismo, como los latidos frenéticos de una adolescente enamorada. 
―Damien ―susurré y me perdí en el desordenado mar de sus ojos. 
Él me sostuvo la mirada por todo un minuto. 
―¿Quién diría que nos reencontraríamos en un momento como este? ―habló con mayor seriedad, paseando su vista por mi delgado cuerpo. 
Lo vi titubear al intentar acariciar la mano que descansaba sobre mi regazo. Pero entendí su rechazo a tocarme, yo era lo más parecido a lo que un cadáver con una pizca de vida podría ser. 
Sólo sonreí en respuesta a su pregunta. 
―Supongo que el simple hecho de volvernos a encontrar resulta increíble ―hablé. Increíble, insólito. 
―Iré a avisar al médico que has despertado ―anunció Aly que de repente parecía haber desaparecido y salió inopinadamente de la habitación. 
Un silencio incómodo cayó entre nosotros, vagué mi mirada por el cuarto en busca de algo que decir. Nada. En verdad quería observarlo, comparar sus detalles actuales con los pasados. Quería saber si sus ojos aún tenían esas motitas oscuras en sus iris, si ya se notaban las arrugas en el contorno de sus ojos, si sus labios eran del mismo rosa que hacía tanto tiempo, si sus manos seguían siendo acogedoras y si sus dientes aún destellaban misteriosamente con cada sonrisa.



Imagen de Sylwe en Deviantart.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Countdown - Parte 10


Encuentro [cont.]


La mujer salió delante, por la puerta de cristal contoneando su cadera enfundada en su apretadísimo traje, sacudió su cabellera cuando puso sus tacones en la acera, acomodó un enorme bolso a juego en su hombro derecho y cruzó los brazos sobre el abultado pecho. 
En mi interior rogué profundamente porque ella no fuera a quien Damien hubiera elegido como pareja. No parecía ser lo suficientemente buena para él. No era alguien que llamara su atención. 
Claro, el Damien que yo había conocido podría ser muy distinto al actual. Quizás este Damien gustaba de este tipo de mujeres, quizás aquel joven de buen corazón del que me había enamorado ahora prefería un buen cuerpo y no una mente brillante o una conversación profunda. 
Quizás a este Damien le gustaba el maquillaje saturado en el rostro de una mujer y no la naturalidad de una mirada sincera. 
De seguro, este Damien prefería una joven vital y lozana y no una enferma de leucemia con los días contados. 
El hombre detrás de la morena salió al exterior. Vestía pulcro traje oscuro, aunque el nudo de su corbata estaba desaliñado, una gabardina negra desabotonada lo protegía del fresco ambiente. Su alto garbo me parecía muy familiar, pero este hombre no tenía el pelo rubio alborotado sino uno de un oscuro color fijado con gel. Un par de hebras se le escapaban de tan dedicado peinado cayéndole sobre los ojos. Él se los quitó de en medio y guardó su mano izquierda en el bolsillo de su pantalón. 
De la otra mano, colgaba un maletín de cuero negro completando el estilo de su profesión. 
A esa distancia no podía decir si era o no Damien. Pero mi corazón continuaba ese ritmo que él le había enseñado, confundiendo mi vista. 
Por primera vez deseé acercarme, mirar esos ojos y confirmar si era él. Esta persona lucía tan diferente que si fuera Damien el tiempo tendría que haber madurado aquel rostro aniñado que yo conocía, la vida debería de haber endurecido sus facciones y el destino debería de haber enfriado su cálida sonrisa. 
Este hombre no brillaba al sonreír como lo hacía Damien y estuve a punto de creer que él no era mi ex amigo debido a la dureza de sus expresiones. Impasible. Como si el movimiento acelerado a su alrededor no lo afectara en lo más mínimo. 
La morena mujer se alzó en las puntas de sus pies y acercó su rostro al del hombre. 
Bajé la mirada hacia el café ya frío entre mis manos con el pecho destrozado. 
Unos segundos después, volví a mirar al hombre elegante a veinte metros de mí que para entonces se disponía a cruzar la calle luego de despedir con un ligero movimiento de mano al taxi que se alejaba. El corazón casi se me escapa por la boca al observar que sus pasos lo acercaban a la cafetería donde estábamos sentadas. Seguro, con garbo, pero con un dejo de cansancio que hacía que sus pies se arrastraran levemente con cada paso. 
Alyssa encontró mi mirada a mitad de camino con el pánico reflejado en sus ojos, lo que sólo podía significar que ella sí conocía a aquel hombre y, que a pesar de que yo no era capaz de decirlo en voz alta, ella tenía su nombre en la mente. El mismo nombre que yo tenía en la mía. Sabía que me preguntaba qué haríamos, mas no podíamos huir de allí. 
Preferimos agachar las cabezas al verlo apearse en la acera, a dos metros de mi silla. 
Se abrochó la gabardina al pasar a mi lado, podía ver a Aly disimular revolviendo la cuchara en su taza de café, y entró al local dejando un halo de varonil perfume tras sus pasos. 
Me escuché respirar aliviada, pero aún no podía levantarme del asiento para huir despavorida, como si hubiera visto un fantasma. 
Sabía que era una tonta por sentirme de ese modo e intentaba tranquilizarme repitiéndome que era imposible que él me reconociera con aquel aspecto lamentable. 
A un mes de mi día final, prácticamente nada quedaba de la Jeanette que él había conocido en la Universidad. 
―Quizás deberíamos irnos ―murmuró Alyssa acercando su rostro al mío a lo largo de la mesa. 
―¿Es él? ¿Es Damien? ―pregunté sin saber si se lo hacía a Aly o a mí misma. 
―Es él, Jean. Ya lo has visto, ahora por favor volvamos… 
―¿Alyssa? ¿Eres tú? 
La profunda voz quebró la minúscula paz que intentaba mantener. Mi corazón se salteó dos latidos completos al observarlo allí, a un paso de mí, de pie y con esa mirada que yo conocía. Sus ojos azules brillaron dudosos cuando se fijaron en mi amiga, sus perfectas cejas se fruncieron en el medio, en una expresión de confusión que le quitó varios años de encima. 
Era Damien, en todo su esplendor. A él, a diferencia de a mí, la vida le había hecho bien, lo había moldeado hasta convertirlo en un maduro hombre de mandíbula marcada, nariz respingada y suaves labios. Sí, el pelo era más oscuro, pero el azul de sus ojos se había mantenido intacto. 
Aly me miró por el rabillo del ojo, tan estupefacta como yo. 
―Disculpe, ¿quién es usted? ―disimuló mi amiga para ganar tiempo.

Esperaba que ella supiera que no quería que me reconociera en ese momento, no así, no a punto de morir. 

―Soy yo, Damien Acker, ¿me recuerdas? Íbamos a la Universidad Nacional de San Francisco juntos ―explicó él moviendo su mano libre en el aire―. Tú, yo y… ―dijo y su voz se desvaneció hasta que volvió su mirada hacia mí.
La luz se apagó en aquel instante y aquellos ojos que me miraron curiosos por un instante se perdieron en una bruma oscura que me sumió en mi pronta condena.




Imagen de Erin Nicole Photography en Flickr.
Gracias a los que leen y pasan siempre por acá :)

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Countdown - Parte 09


Encuentro


No recordaba los otoños en San Francisco. No recordaba que fueran tan fríos. Pero tampoco recordé que esta Jeanette que había vuelto a su hogar no era la misma que lo había dejado. 
Esta Jeanette estaba enferma y cada minúsculo cambio de temperatura la afectaba como si estuviera en pleno invierno. 
Le di una vuelta más a mi bufanda multicolor mientras miraba el paisaje correr por la ventanilla del taxi. 
San Francisco seguía tan hermosa como la había dejado. Con su gente apresurándose por llegar a su destino. Con sus niños que salían de la escuela tomados de la mano de sus padres, con enormes sonrisas luego de otro emocionante día. 
En ese momento no entendí por qué había cambiado tanta vida por la pasiva actividad de Londres. Resultaba difícil de creer que esto no me gustara y quisiera un cambio. 
Un segundo después, supe por qué lo había hecho, recordé el nombre y el apellido de la razón. Recordé los ojos azules que portaba y el despeinado casual que ostentaba. Recordé que tenía el cabello claro y la espalda más acogedora que jamás haya visto. 
Y eso, eso me robó una sonrisa, y aceleró mi pulso y me dejó triste un momento después. 
El automóvil se detuvo. Bien sabía yo que estábamos a una cuadra de la dirección que Aly había conseguido. 
A cien cortos metros de Damien. 
Observé vagamente que Alyssa pagaba nuestro viaje al taxista, que bajaba del coche y que abría mi puerta. Mi mente ya no estaba allí, recordaba aquel primer encuentro nuestro, sus ojos joviales llenos de arrepentimiento por haberme botado los libros de las manos. Recordaba el funeral de mi padre, cómo él se quebró delante de mí, mostrándose vulnerable. Había sido casi mi ángel, alguien con el bálsamo específico para mis heridas. 
No quitó las cicatrices que habían marcado la muerte de mi padre, pero las había maquillado para que no se vieran horribles. Sin embargo, también se dedicó a crear sus propias heridas en mí. 
―¿Estás bien, Jean? ―me preguntó mientras yo salía del auto. Asentí con la cabeza―. Te ves más pálida que de costumbre. Mira, no hay problema, si no puedes volvemos al departamento. No tienes que hacerlo… 
―Debo hacerlo, Aly ―aseveré intentando ser convincente. 
Mi amiga me sostuvo la mirada por todo un segundo, quizás buscando un ápice de inseguridad en mi mirada del cual aferrarse para hacerme volver a casa, con un médico, con mis medicinas. 
―De acuerdo ― dijo finalmente. 
Alyssa tomó mi brazo y lo cruzó con el suyo, bien sabía yo que era para darme estabilidad. Las piernas me temblaban y ella parecía haberlo notado. 
Caminamos lentamente por la acera de aquella cuadra que nos separaba de lo único que me había obsesionado durante los últimos meses. 
―¿Cuánto nos acercaremos? ―quiso saber Aly cuando divisamos el estudio del ingeniero Acker. 
El lugar tenía un estilo moderno, pintado de blanco y emplazado en una esquina bastante concurrida. La puerta de entrada era de cristal y podía observarse la tranquilidad de su interior decorado de tenue azul y macetas con plantas de largas hojas verdes. No se veía nada más por aquel rectángulo. 
―Nos quedaremos por aquí ―dije mirando alrededor. En la esquina frente al estudio había una cafetería y, aunque el frío fuera estaba haciéndome temblar, en ese momento tuve una idea―. Sentémonos y pidamos algo para tomar. 
Me apresuré por tomar asiento en la mesa más cercana a la puerta de entrada. Dentro el local estaba colmado de clientes y una ligera brisa cálida con aroma a café recién molido se escapaba de allí. 
―¿Aquí, fuera? No creo que sea buena… 
―Por favor, Aly, sólo esta vez, es el único lugar desde donde podemos observar sin que se note. Luego podrás decirme cualquier cosa, seguiré todas tus instrucciones―negocié―, pero por esta vez, por favor, acompáñame. 
Alyssa suspiró. Sabía lo que pensaba, se estaba diciendo a sí misma que sería mejor idea ir hasta su estudio y pedir hablar con él. Pero también sabía que eso no lo haría jamás. No en mi estado pre cadavérico. 
―Está bien ―aceptó. Se quitó el gorro de punto que tenía en la cabeza y me lo colocó, cubriendo mi pañuelo de seda turquesa. 
Pedimos un café y esperamos su aparición. 
Sinceramente, no pude tomar un solo sorbo de la bebida, estaba con la mirada clavada en aquella puerta de cristal. Cada pequeñísimo movimiento llamaba mi atención y aceleraba mi pulso. Sólo antes de comprobar que se trataba una y otra vez de una mujer morena vestida con un apretado conjunto gris de falda y chaqueta que se movía de un lado al otro del rectángulo cada cierta cantidad de minutos.
¿Sería ella la novia de Damien? ¿Si acaso su esposa? 
Mucho menos pude tomar el café. 
El atardecer se coló por entre los altos edificios del centro de San Francisco, la temperatura bajó un poco más y Alyssa se había tomado su tercer café. Ambas nos manteníamos en silencio, ¿qué se podía decir en momentos como esos? Mi mente se perdía en años pasados, en recuerdos en sepia y en sonrisas juveniles, las palabras parecían atrapadas en mi cabeza, en algún oscuro lugar al que hacía mucho tiempo no acudía con tanto fervor. 
―¿Jean? ― me llamó Aly, su vista en aquel bendito rectángulo. 
Las luces se apagaron en el estudio Acker, los latidos de mi corazón se aceleraron. Finalmente lo vería y aquel órgano mío, ya cansado de vivir, lo sabía con más certeza que yo. Sentía la mirada de Alyssa en mi rostro expectante porque alguien saliera de aquel lugar. La oscuridad reinó allí por eternos minutos, hasta que dos figuras se delinearon claramente. Una mujer y un hombre.



Imagen de Erin Nicole Photography en Flickr