Caben tantas ganas en mi boca como besos quieras darme.
Esta Cenicienta ya ha pasado por noches increíbles y por eternas tardes de tristeza. Esta Cenicienta ha amado al Príncipe azul y al vagabundo pensando que ese podía ser su cuento de hadas. Esta Cenicienta ha reído con chistes malos y ha llorado por razones que estaban más allá de ella.Esta Cenicienta ha caído y ha llenado de lodo su mágico vestido. Pero esta Cenicienta se levantó y lanzó sus zapatos de cristal bien lejos para correr en libertad.Para ser, finalmente, feliz. Por el tiempo que dure.
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lunes, 30 de abril de 2012
Kisses
Desplegando las alas en
Mykonos 84600, Grecia
lunes, 20 de febrero de 2012
Por eso, vida mía, por el día a día, por enseñarme a ver el cielo más azul, por ser mi compañero y darme tu energía, no cabe en una vida mi gratitud. Por aguantar mis malos ratos y manías, por conservar secretos en ningún baúl quiero ser por una vez capaz de ganar y de perder.
Canción: "Aquello que me diste" de Alejandro Sanz.
De humor extraño ando últimamente, flotando en nubes, pensando que esto es demasiado perfecto para ser real. Pero lo es, y simplemente quiero disfrutarlo.
Dure lo que dure.
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
viernes, 27 de enero de 2012
Bendito tú
Bendito el lugar y el motivo de estar ahí.
Bendita la coincidencia.
Bendito el reloj que nos puso puntual ahí.
Bendita sea tu presencia.
Bendito Dios por encontrarnos en el camino y de quitarme esta soledad de mi destino.
Fragmento canción "Bendita tu luz" de Maná.
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
sábado, 14 de enero de 2012
Gift
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
sábado, 31 de diciembre de 2011
viernes, 9 de diciembre de 2011
Little secret
¿Sabes qué? hoy, y repito: sólo hoy, voy a contarte un secreto. Agarrate fuerte a él si te apetece, sino déjalo volar como si no hubiera salido de mi boca. Pero sí, aunque te parezca increíble, hoy me voy a saltar mi regla, te voy a decir exactamente que tú eres mi gran debilidad, formas parte de mi lista de obsesiones, deseos y ganas. ¿Que por qué te lo digo? Porque tengo unas enormes ganas de ti, que día a día van creciendo más. ¿Qué hago si me has devuelto las tontas mariposas y la gran sonrisa de oreja a oreja que tanto echaban de menos mis labios? Pero calla ¿eh? Que esto sólo es un pequeño secreto. Esto es algo entre tú y yo. Esto es algo nuestro...
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
sábado, 5 de noviembre de 2011
Frida [relato]
Frida acomodó sus compras sobre el mostrador para que el cajero pudiera cobrarle. Medio kilogramo de fresas y un pote de crema batida.
Sus delicadas manos de uñas pintadas de rojo dejaron la bandeja de fresas del mismo color sobre la superficie metalizada.
El joven se dedicó a apretar botones sin siquiera levantar la mirada hacia ella. Pero Frida sabía que ella no tardaría en ver el color de sus iris. No tardaría en ver sus labios curvarse hacia ella. Lo sabía.
-Son veintinueve, ochenta y nueve –musitó con voz mustia el cajero cuyo gafete rezaba Fred.
-Tengo treinta –habló Frida con suavidad tendiéndole los billetes.
Sólo entonces, Fred levantó la cabeza y recorrió el cuerpo de aquella mujer frente a él, de arriba abajo y deteniéndose con especial interés en el escote de su vestido primaveral blanco con flores rosas. Le pareció bonita. De hecho, hermosa. No ostentaba grandes curvas, mas aquel vestido le sentaba perfecto. Incluso pudo percibir un pequeño trozo del encaje rosa asomando por el borde del escote.
Se aclaró la garganta antes de tomar el dinero que aquella delicada mano de uñas rojas le tendía y cambió su expresión por una más jovial en un instante. Como quien pasa la página de un libro. Una media sonrisa dejó atrás su cansada expresión. Frida sabía qué pensaba él y le encantaba.
El joven le tendió un par de caramelos de uva como vuelto de su compra, aun cuando resultaba más de lo que correspondía. Ella le regaló una sonrisa inocente y agitó su castaña cabellera antes de girarse a tomar su bolsa.
-Que tenga buenos días–se despidió Fred con animosidad luego de garabatear su número de contacto en el ticket de compra.
Frida caminó contoneando sus caderas hasta la puerta de salida a sabiendas de que el joven la continuaba observando. Sintió esa calidez recorriéndola allí donde esa mirada castaña se paseaba. Y no desapareció hasta que se encontró bastante lejos.
Se apresuró a tomar el transporte público y allí se ganó el saludo amable de un malhumorado chofer que se había dado la oportunidad de sonreírle a aquella mujer de tan encantadoras curvas. Las tenues de su cuerpo y la tímida de su sonrisa.
Tomó asiento a mitad de las filas seguida por las miradas de todos quienes compartían el transporte con ella. Hombres y mujeres.
Aquel día hacía especial calor en la ciudad por lo que subió un poco la falda de su vestido dejando ver un poco más de sus kilométricas piernas de suave color crema. Sintió una mirada masculina posada allí esperando que la tela mostrara un poco más de piel.
Ella sólo sonrió, colocó la bolsa de sus compras en su regazo y con suavidad armó un desaliñado moño con su cabello para que el viento lograra acariciar su cuello y se llevase los restos de sudor. Tomó el pequeño espejo de su bolso y se prestó a observar si su maquillaje seguía en su lugar.
Oh, sí, estaba intacto pese al sudor. Las largas pestañas continuaban negras agrandando sus ojos del color de las almendras y sus labios mantenían ese tono durazno apetecible que le había dado esa mañana.
Una vez más sintió la observación de los pasajeros. Se sintió perfecta. Como si ellos también dieran su opinión acerca de su maquillaje.
Ella sabía que era capaz de llamar la atención allí donde fuera. Todos se giraban sobre sí mismos para verla pasar, ver sus largas piernas y su estrecha cintura. Todos la veían esperando que les sonriera. Soñando con que se acercara a hablarles.
Adoraba que los hombres la desearan y que las mujeres sintieran esa necesidad de querer parecerse a ella.
Cruzó sus piernas entre sí y vio por el rabillo del ojo cómo un hombre cuarentón se agachaba notoriamente esperando ver algo más bajo su falda. Ella miró distraída el paisaje que rodeaba su departamento.
Pronto debió descender del vehículo y le dedicó una mirada cargada de inocencia a aquel hombre que aún la seguía a través del cristal de la ventanilla. Como si en verdad ella nunca se hubiera dado cuenta de que él se la estaba comiendo con los ojos.
Era adicta a las miradas, le gustaba saberse hermosa.
Recorrió los escasos metros que la separaban de su hogar, saludó a un par de vecinos y, tras un corto paseo en ascensor, entró a su departamento dejando la bolsa de sus compras sobre la mesa del comedor. Se apresuró a darse un baño. Se quitó el maquillaje y simplemente hidrató su piel y roció un poco de su perfume detrás de las orejas.
Cambió su sensual vestido blanco por un conjunto deportivo gris y ató su cabello en una alta cola de caballo en la cima de su cabeza.
Tomó las fresas que había comprado, las lavó bajo el chorro de agua fría, las cortó en pequeños trozos y derramó la crema sobre ellas. Haciendo caso a esa parte de ella que pedía por un postre desde muy temprano en la mañana.
Se dispuso a esperar mientras tomaba los trozos de la cremosa fruta y escuchaba una canción cualquiera en la radio de turno.
El timbre resonó en el departamento cinco minutos después. Eso le robó una genuina y brillante sonrisa. Una muy distinta a todas las que había regalado esa mañana. Se apresuró a abrir la puerta y se refugió en aquellos brazos que tanto amaba sin siquiera asegurarse de quién era aquel hombre. Pues su corazón lo sabía antes que su cerebro y no necesitaba confirmarlo, ella conocía de memoria ese perfume amaderado.
Cuyo dueño estaba más allá de una simple mirada furtiva en el supermercado o en la calle.
El dueño de esos brazos que la rodeaban con cariño la amaba por sobre su aspecto y sólo frente a él ella podía ser simplemente Frida, sin prendas que mostraran más de su cuerpo. Él no necesitaba de prendas que pudieran insinuar, porque él simplemente conocía cada milímetro de su piel.
El dueño de esos brazos y autor de aquel tierno beso no necesitaba que ella se mostrara inalcanzable, etérea, sensual e imposible. Porque él la había alcanzado y la había sentido real. Porque ella se lo había permitido.
Él dueño de aquel suave ‘Buenos días, cariño’ no necesitaba del maquillaje que agrandara sus bellos ojos, ni del rubor artificial en sus mejillas, no necesitaba del rojo en sus labios ni de las miradas cargadas de dobles significados. Porque sabía que ella cambiaría todas aquellas miradas que le habían regalado en todo el día por una sola de las suyas en ese momento. Una mirada llena de verdadero amor.-
Desplegando las alas en
Atenas, Grecia
martes, 1 de noviembre de 2011
Countdown - Parte 15
Confesiones [cont.]
Mi mente no estaba preparada para tanta información acumulada y volvía a trabajar a velocidad reducida. Una parte de ella saltaba de alegría por todo aquel significado oculto en las palabras.
La otra, simplemente se negaba a creer en esta realidad.
―Volví por ti, Damien ―me confesé intentando esquivar mi vista hacia cualquier parte, mas él no me lo permitió―, quería saber cómo estabas.
―¿Por qué desapareciste? ―volvió a preguntarme como unas cuantas noches atrás. Urgido por una respuesta, pero con la ternura de quien sabe que no la encontrará de buenas a primeras.
Cerré los ojos con fuerzas. Era el momento, iba a perderlo de todos modos, ¿qué importaba que le dijera la verdad? ¿Qué diferencia haría?
Ninguna. Sólo me quitaría un peso de encima.
―Tenía miedo ―susurré, un tanto por la conmoción y otro tanto por la escasa fuerza que quedaba en mi cuerpo―. Había empezado a sentir por ti cosas que no me permitía y pensé que cruzando la frontera las podría abandonar aquí.
―¿Fue así? ―quiso saber. Negué con la cabeza.
Aquellos sentimientos me habían acompañado hasta Inglaterra. Me acompañarían incluso si viajara hasta la Luna. Estarían conmigo por siempre.
―No sabes la impotencia que siento al verte dejándote morir. La impotencia de encontrarte sólo para volver a perderte y esta vez para siempre. Pero aún más porque podríamos haber tenido un futuro juntos. Uno mejor que éste ―dijo, esta vez agachando él la vista.
Dejó caer su mano de mi rostro, rendido. El corazón se me estrujó de tristeza y las palabras resonaron en mi interior por todo un minuto.
“Un futuro juntos”. Inclusive podía imaginarlo. Podía verme enamorada de él, riendo juntos en la banca de una plaza. Jugando con la harina mientras preparábamos pizza. Durmiendo acurrucada en su pecho mientras la lluvia empañaba el vidrio de mi ventana. Sería tan sencillo dejarlo ser que dolía todavía más que los ataques de la leucemia en mi cuerpo.
―Por favor, no digas más. No soportaría pensar en todo lo que me he equivocado ―musité de manera casi inaudible. Cerré los ojos y me lamenté profundamente.
Había cometido tantos errores y ahora era demasiado tarde. La bomba estaba a punto de estallar y en ese momento, deseaba que lo hiciera.
Advertí una cálida respiración acariciar mi nariz, un segundo antes de sentir la suavidad de sus labios en los míos. Tiernos y cargados de sentimientos, de necesidad y deseos.
Si tan sólo pudiera borrar la leucemia de mi cuerpo. Hubiera respondido con mayor vitalidad a aquel beso. Daría todo de mí y no sólo la mísera pizca de vida que se me escapaba con cada respiración.
Pero un beso de Damien lo justificaba todo. El saber que sentía algo lejanamente parecido a lo que yo sentía por él, allí, incluso a un metro de la muerte, me mostraba que en verdad el amor existía. Que había alguien allí para mí pero que por decisiones equivocadas jamás sería nada más que ese beso.
La respiración me falló casi de inmediato y él lo supo. Se apartó de mí y lo observé abrir sus ojos. Sus ojos azules salpicados de amor, al borde del llanto y enmarcados por largas pestañas que lo hacían adorable.
Las motitas oscuras en sus iris estaban allí como hacía siete años y minúsculas líneas de expresión se dibujaron en el contorno de sus ojos cuando me sonrió levemente.
Me llevaría esa imagen tatuada para toda la eternidad.
El día siguiente fue el peor de todos. Ni siquiera podía encontrar un poco de paz rememorando el beso con Damien. Había sido el momento más especial de mi vida y no había podido disfrutarlo.
Ese beso había sido el principio de algo que duró lo que el beso. Un par de segundos. Para terminar sin que siquiera sus labios lograran calentar los míos con su roce.
La muerte estaba rondándome muy cerca, podía sentirla a los pies de la cama, decidiendo si llevarme con ella en quince minutos o mañana por la mañana. Como si esperara el escenario preciso para mi último acto.
Aly a mi lado, escribía lo que le susurraba, con su oído inclinado hacia mi prácticamente inaudible voz. Corrigiendo mis expresiones cuando resultaban incoherentes.
Buscaba un cierre, una manera de culminarlo todo. Algo que quien lo leyera luego no se quedara con un sabor amargo ni una tristeza incontenible como la de mi amiga en ese momento. Algo que, de cierto modo, dejara una enseñanza.
Pero me resultaba difícil dejar una moraleja cuando yo misma había aprendido tarde todas las cosas trascendentales de la vida.
Pero, aun viendo a la muerte a la cara, no tenía miedo ni dolor. Los analgésicos se encargaban de borrarlo todo. Sólo me quedaba una estúpida sensación en el pecho al no haber seguido el consejo de Aly cuando insistía en que me tratara. Claro, en ese entonces no tenía idea que volvería a encontrar a Damien, que resultaría que lo continuaba amando y que él correspondería minúsculamente a ese sentimiento.
Mi amiga mientras tanto se mantenía en silencio, salvo las escasas palabras que de vez en cuando pronunciaba para corroborar mis ideas a escribir. No comentaba acerca de lo que estaba cerca, pues ella bien sabía que yo conocía muy bien las palabras que quería decir al respecto de casi todo.
“Me alegra que tú y Damien se hayan sincerado”, habría dicho. “Aunque me hubiera gustado que todo sucediera antes”
Era increíble la manera en la que una simple decisión tomada en un momento diferente podía haberlo cambiado todo.
La decisión de no huir de Estados Unidos, la de confesar mis sentimientos a Damien aún estando aquí, la de seguir un tratamiento… podría haber logrado que yo no estuviera en esas condiciones.
Quizás estaría casada con Damien, recuperándome de leucemia.
Quizás lo nuestro no habría funcionado de todos modos pero me habría convencido de luchar.
Siempre pensé que las decisiones tomadas en un determinado momento podían resultar muy buenas hoy y no tan buenas mañana, viéndolas desde otra perspectiva.
De cualquier modo, ya era demasiado tarde para mí.
De cualquier modo, ya era demasiado tarde para mí.
Desplegando las alas en
Atenas, Grecia
martes, 18 de octubre de 2011
Amar
Amar es desear tocar su alma a través de su cuerpo, sentir y palpitar con un beso. Soñar con un futuro, desear y luchar cada día por ser mejor para esa persona.
Amar es disfrutar de lo simple de la vida: Un beso, una rosa, una canción. Se convierten en los cómplices perfectos en una relación.
Amar es desear cambiar el mundo, refugiarte en la calidez de sus brazos y pensar en que todo cambiará. Es anhelar tener un poco más de tiempo para contemplar la belleza de la vida a través de sus ojos. Un amor puro no te exige… Te fortalece, te acompaña. Un amor sincero no te condena… Te hace libre.
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
sábado, 24 de septiembre de 2011
Perfect man?
¿Sabes por qué tengo la certeza de que eres tú la persona de la que estoy enamorada? Sé que eres tú, no porque te adaptes perfectamente a la descripción que daba yo de mi hombre perfecto, sino porque descubrí que mi descripción de hombre perfecto se había modificado para describirte a ti.
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
martes, 20 de septiembre de 2011
I love
Amo como sonríes, y me encanta que me robes sonrisas a todas horas. Porque pienso en ti y se me pone cara de boba, y me da igual. Te quiero porque no puedo dejar de mirarte y cuando nuestras miradas se cruzan se me acelera el pulso. Te quiero por nuestra complicidad, por ese lenguaje que solo nosotros dos entendemos. Me gusta sentirte cerca. Y adoro que estés pendiente de mi. Que eres mi locura y mi adicción. Me gusta que te pongas celoso. Me encantan tus toques de “ te echo de menos” y nuestras llamadas al atardecer. Conozco todas tus manías, y todos tus gestos. Me conozco cada parte de tu cuerpo, me gusta mirarte detenidamente. El color de tus ojos es mi favorito. Y mi afición preferida es tocarte el pelo. Tu voz puede llegar a hacerme temblar, y tu nombre está permanentemente en mi cabeza presente.
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
domingo, 4 de septiembre de 2011
El mejor cansancio
La casa estaba silenciosa. La noche aún más. No se oían siquiera el cantar de los grillos o el soplido del viento que invadía por las ventanas.
Incluso el exterior parecía como si el Padre Tiempo se hubiera olvidado de volver a presionar start.
Pronto, dentro, en la habitación el silencio dejó de ser tal. Pues habías empezado con tu sendero de besos, con la degustación de mi piel. Algo parecía haberte aburrido. Quizás, simplemente fue la mejor manera que hallaste para romper con aquel silencio.
Quizás, simplemente habías entrado en mi mente y robado algunas ideas.
Tus labios acariciaron mi piel de una manera tan suave y delicada que si no supiera que eras tú y tu espíritu aventurero, hubiera asegurado que se trataban de aleteos de mariposas. Mariposas llenas de promesas y anhelos. Que daban tan poquito que dejaban con gusto de más.
Y de algún modo lo supiste.
Tus besos habían dejado de ser tiernos. Ahora eran apasionados. Entregándolo casi todo. Realizando un bosquejo detallado de cuánto más eras capaz de dar. Me aferré a ti como si fueras la salvación en momentos finales. Como el último paracaídas en un avión que caía en picada.
Mis manos inútilmente intentaron abarcar todo tu cuerpo, con premura. Con necesidad. Con especial atención en tu triangular espalda desnuda, cuyos músculos se marcaban en ondulación por la penumbra, iluminándolos sólo la tenue luz de las velas. Pero resultaban tan pequeñas. Insuficientes.
Gemí frustrada.
Descendías y ascendías en aquella ruta imaginaria trazada por tus labios, como si te faltaran bocas para poder besar. Como quien pasea una y otra vez por un sitio que le gusta. Mi piel en tu paladar era vainilla dulce. La tuya en el mío, chocolate negro.
Chocolate del que nunca tenía bastante.
Fuiste deshojándome como si yo fuera un regalo que hubieras esperado mucho tiempo, con parsimonia y a la vez fiereza. Mientras tanto y al mismo tiempo, yo deshacía tus ropas lanzándolas fuera de nuestra burbuja. También había esperado mucho por un obsequio como tú.
Tentaste mis barreras. Me prometiste el cielo, me dejaste acariciarlo con las manos para luego quitármelo y haciéndome desearlo aún más. Para de nuevo tentarme. E iniciar una y otra vez ese pequeño juego que parecía llenarte. Que dejaba que te colmaras de mis suspiros y súplicas que parecían divertirte.
Tu boca invadió la mía y en el entrecruzar de nuestras lenguas y el resoplido de nuestras respiraciones, ambos experimentamos el fuego de la pasión, naciendo allí donde tu piel hacía contacto con la mía, invadiendo y consumiéndolo todo a su paso cual incendio.
Y te ubicaste sobre mí deliciosamente, presionando tu cadera contra la mía, aplastándome sobre el mullido colchón, abrazándome como si yo fuera tu todo. Haciéndome saber que, en ese momento, tú estabas experimentando lo mismo que yo.
Tu centro presionó el mío, activando nervios y suprimiendo pensamientos y tus labios entretenidos en mi cuello como si se tratara de la más divertida de tus travesuras.
Mi piel parecía que fuera a estallar por cada poro, con cada una de las caricias de tus grandes manos curiosas. Vagabundas. Sabias. Me sentía tan pequeña a tu lado. Pequeña y protegida.
Amada y deseada.
Era tan sencillo amarte de este modo, amor, sabiendo que pocas veces podemos ser sólo tú y yo, nosotros mismos. Ambos indefensos e igual de expuestos, desnudos no sólo en cuerpo, sino también en alma y corazón.
Tú bien sabes que yo no te haría daño. Yo bien sé que jamás me lastimarías.
No ahora, amándonos. Ni después con el mejor de los cansancios. El que deja el habernos entregado por completo.-
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
martes, 30 de agosto de 2011
Elegí
Yo elegí quererte y todas las consecuencias que eso conllevaba. Elegí que tú fueses la persona que llenase mis días de sonrisas, elegí que tu olor fuera el que mejor le venía a mis sábanas, yo elegí que me comieras a besos, elegí también tu voz al otro lado del teléfono.
Elegí llorar por ti de vez en cuando, elegí creerme tus verdades y creerme a medias tus mentiras, elegí que no quería otros abrazos, elegí que era tu boca a la que quería besar por el resto de mis días, que no quería otras manos agarradas a las mías, que no quería ver por la mañana otra cara que no fuese la tuya, elegí nuestro mes del año y nuestro día del mes, elegí que tú fueras mi locura y mi cordura, elegí llenar el silencio de la noche con nuestra risa.
Elegí las idas y venidas, las despedidas, elegí la impotencia, la incertidumbre y tu impredecibilidad, elegí el miedo a fallar y los impulsos, elegí las miradas, elegí temblar, elegí hacerme adicta a tus palabras, al eco de tu voz. Elegí conservar intacto cada momento, y dejar huella de lo que algún día pasamos.
Elegí que mi mayor hobby era verte dormir entre sábanas blancas, elegí no callarme nada, elegí darte todo, elegí hablar de nosotros cuando hablaba de ti, elegí ser fuerte sin la ayuda de ningún tipo de coraza y luchar por un solo motivo, elegí darte todas mis oportunidades, elegí quedarme con tus manías, tus defectos y tus carencias.
Elegí perdernos debajo de cualquier edredón, y tu respiración en mi oreja, elegí hacerlo lento, y la pasión a gran escala, elegí estremecerme sólo y únicamente con tus caricias, elegí no ponernos límite.
Elegí el sabor agridulce de las discusiones que acababan en abrazos, elegí derrumbarme cuando ya no aguantaba más, elegí encontrarte en lugares donde nunca estarías, elegí seguir queriéndote aún cuando ya no estabas. Elegí arriesgar y jugármelas por ti. Y no me arrepiento de nada.
Desplegando las alas en
Mikonos 84600, Grecia
jueves, 4 de agosto de 2011
Kiss and peace
Desplegando las alas en
Mykonos 84600, Grecia
miércoles, 2 de marzo de 2011
Breathing
Ven, acércate. Prometo no tocarte.
Quiero acariciarte el rostro con mi respiración.
Explicarte en un beso lo que significas para mí.
Mas en el fondo sé que sólo un beso no será suficiente.
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