Esta Cenicienta ya ha pasado por noches increíbles y por eternas tardes de tristeza. Esta Cenicienta ha amado al Príncipe azul y al vagabundo pensando que ese podía ser su cuento de hadas. Esta Cenicienta ha reído con chistes malos y ha llorado por razones que estaban más allá de ella.
Esta Cenicienta ha caído y ha llenado de lodo su mágico vestido. Pero esta Cenicienta se levantó y lanzó sus zapatos de cristal bien lejos para correr en libertad.
Para ser, finalmente, feliz. Por el tiempo que dure.
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sábado, 5 de noviembre de 2011

Frida [relato]

Frida acomodó sus compras sobre el mostrador para que el cajero pudiera cobrarle. Medio kilogramo de fresas y un pote de crema batida. 
Sus delicadas manos de uñas pintadas de rojo dejaron la bandeja de fresas del mismo color sobre la superficie metalizada. 
El joven se dedicó a apretar botones sin siquiera levantar la mirada hacia ella. Pero Frida sabía que ella no tardaría en ver el color de sus iris. No tardaría en ver sus labios curvarse hacia ella. Lo sabía. 
-Son veintinueve, ochenta y nueve –musitó con voz mustia el cajero cuyo gafete rezaba Fred. 
-Tengo treinta –habló Frida con suavidad tendiéndole los billetes. 
Sólo entonces, Fred levantó la cabeza y recorrió el cuerpo de aquella mujer frente a él, de arriba abajo y deteniéndose con especial interés en el escote de su vestido primaveral blanco con flores rosas. Le pareció bonita. De hecho, hermosa. No ostentaba grandes curvas, mas aquel vestido le sentaba perfecto. Incluso pudo percibir un pequeño trozo del encaje rosa asomando por el borde del escote. 
Se aclaró la garganta antes de tomar el dinero que aquella delicada mano de uñas rojas le tendía y cambió su expresión por una más jovial en un instante. Como quien pasa la página de un libro. Una media sonrisa dejó atrás su cansada expresión. Frida sabía qué pensaba él y le encantaba. 
El joven le tendió un par de caramelos de uva como vuelto de su compra, aun cuando resultaba más de lo que correspondía. Ella le regaló una sonrisa inocente y agitó su castaña cabellera antes de girarse a tomar su bolsa. 
-Que tenga buenos días–se despidió Fred con animosidad luego de garabatear su número de contacto en el ticket de compra. 
Frida caminó contoneando sus caderas hasta la puerta de salida a sabiendas de que el joven la continuaba observando. Sintió esa calidez recorriéndola allí donde esa mirada castaña se paseaba. Y no desapareció hasta que se encontró bastante lejos. 
Se apresuró a tomar el transporte público y allí se ganó el saludo amable de un malhumorado chofer que se había dado la oportunidad de sonreírle a aquella mujer de tan encantadoras curvas. Las tenues de su cuerpo y la tímida de su sonrisa. 
Tomó asiento a mitad de las filas seguida por las miradas de todos quienes compartían el transporte con ella. Hombres y mujeres. 
Aquel día hacía especial calor en la ciudad por lo que subió un poco la falda de su vestido dejando ver un poco más de sus kilométricas piernas de suave color crema. Sintió una mirada masculina posada allí esperando que la tela mostrara un poco más de piel. 
Ella sólo sonrió, colocó la bolsa de sus compras en su regazo y con suavidad armó un desaliñado moño con su cabello para que el viento lograra acariciar su cuello y se llevase los restos de sudor. Tomó el pequeño espejo de su bolso y se prestó a observar si su maquillaje seguía en su lugar. 
Oh, sí, estaba intacto pese al sudor. Las largas pestañas continuaban negras agrandando sus ojos del color de las almendras y sus labios mantenían ese tono durazno apetecible que le había dado esa mañana. 
Una vez más sintió la observación de los pasajeros. Se sintió perfecta. Como si ellos también dieran su opinión acerca de su maquillaje. 
Ella sabía que era capaz de llamar la atención allí donde fuera. Todos se giraban sobre sí mismos para verla pasar, ver sus largas piernas y su estrecha cintura. Todos la veían esperando que les sonriera. Soñando con que se acercara a hablarles. 
Adoraba que los hombres la desearan y que las mujeres sintieran esa necesidad de querer parecerse a ella. 
Cruzó sus piernas entre sí y vio por el rabillo del ojo cómo un hombre cuarentón se agachaba notoriamente esperando ver algo más bajo su falda. Ella miró distraída el paisaje que rodeaba su departamento. 
Pronto debió descender del vehículo y le dedicó una mirada cargada de inocencia a aquel hombre que aún la seguía a través del cristal de la ventanilla. Como si en verdad ella nunca se hubiera dado cuenta de que él se la estaba comiendo con los ojos. 
Era adicta a las miradas, le gustaba saberse hermosa. 
Recorrió los escasos metros que la separaban de su hogar, saludó a un par de vecinos y, tras un corto paseo en ascensor, entró a su departamento dejando la bolsa de sus compras sobre la mesa del comedor. Se apresuró a darse un baño. Se quitó el maquillaje y simplemente hidrató su piel y roció un poco de su perfume detrás de las orejas. 
Cambió su sensual vestido blanco por un conjunto deportivo gris y ató su cabello en una alta cola de caballo en la cima de su cabeza. 
Tomó las fresas que había comprado, las lavó bajo el chorro de agua fría, las cortó en pequeños trozos y derramó la crema sobre ellas. Haciendo caso a esa parte de ella que pedía por un postre desde muy temprano en la mañana. 
Se dispuso a esperar mientras tomaba los trozos de la cremosa fruta y escuchaba una canción cualquiera en la radio de turno. 
El timbre resonó en el departamento cinco minutos después. Eso le robó una genuina y brillante sonrisa. Una muy distinta a todas las que había regalado esa mañana. Se apresuró a abrir la puerta y se refugió en aquellos brazos que tanto amaba sin siquiera asegurarse de quién era aquel hombre. Pues su corazón lo sabía antes que su cerebro y no necesitaba confirmarlo, ella conocía de memoria ese perfume amaderado. 
Cuyo dueño estaba más allá de una simple mirada furtiva en el supermercado o en la calle. 
El dueño de esos brazos que la rodeaban con cariño la amaba por sobre su aspecto y sólo frente a él ella podía ser simplemente Frida, sin prendas que mostraran más de su cuerpo. Él no necesitaba de prendas que pudieran insinuar, porque él simplemente conocía cada milímetro de su piel. 
El dueño de esos brazos y autor de aquel tierno beso no necesitaba que ella se mostrara inalcanzable, etérea, sensual e imposible. Porque él la había alcanzado y la había sentido real. Porque ella se lo había permitido. 
Él dueño de aquel suave ‘Buenos días, cariño’ no necesitaba del maquillaje que agrandara sus bellos ojos, ni del rubor artificial en sus mejillas, no necesitaba del rojo en sus labios ni de las miradas cargadas de dobles significados. Porque sabía que ella cambiaría todas aquellas miradas que le habían regalado en todo el día por una sola de las suyas en ese momento. Una mirada llena de verdadero amor.-

jueves, 3 de noviembre de 2011

Perfection

Él no es perfecto. Tú tampoco lo eres, y ustedes dos nunca serán perfectos. Pero si él puede hacerte reír al menos una vez, te hace pensar dos veces, si admite ser humano y cometer errores, no lo dejes ir y dale lo mejor de ti. Él no va a recitarte poesía, no está pensando en ti en todo momento, pero te dará una parte de él que sabe que podrías romper. No lo lastimes, no lo cambies, y no esperes de él más de lo que puede darte. No analices, sonríe cuando te haga feliz, grita cuando te haga enojar y extráñalo cuando no esté. Ama con todo tu ser cuando recibas su amor. Porque no existen las personas perfectas, pero siempre habrá una persona que es perfecta para ti.

Bob Marley.


Estuve desaparecida por más de una semana -si alguien lo notó-, problemas de conexión y la verdad ni ganas de ir hasta algún lado que tenga internet.

martes, 18 de octubre de 2011

Amar


Amar es desear tocar su alma a través de su cuerpo, sentir y palpitar con un beso. Soñar con un futuro, desear y luchar cada día por ser mejor para esa persona.
Amar es disfrutar de lo simple de la vida: Un beso, una rosa, una canción. Se convierten en los cómplices perfectos en una relación.
Amar es desear cambiar el mundo, refugiarte en la calidez de sus brazos y pensar en que todo cambiará. Es anhelar tener un poco más de tiempo para contemplar la belleza de la vida a través de sus ojos. Un amor puro no te exige… Te fortalece, te acompaña. Un amor sincero no te condena… Te hace libre.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Countdown - Parte 08


Agradecimiento

Al día siguiente, desperté bañada en sudor y con escalofríos. Maldije internamente mi suerte. 
Del otro lado de la ventana de nuestra habitación aún estaba oscuro pues la noche todavía no se había decidido a marchar. 
Una corriente eléctrica recorrió mi espina dorsal hasta terminar con un castañeo de dientes. Sólo rogaba porque mis encías no volvieran a sangrar. 
No quería aceptarlo, ni siquiera pensar al respecto. Simplemente quería olvidar aquella fiebre que me atacaba porque no quería aceptar que se trataba de una infección. Una de las piezas de dominó al final de la fila. Lo que quería decir que no pasaría mucho tiempo antes de que necesitara un médico de verdad. 
Y yo había jurado que iría a un médico sólo si estuviera al borde del abismo. 
Todo indicaba que me quedaban pocos metros antes de llegar a él. 
Temblando y tratando de hacer el menor ruido posible, salí de la cama. Afuera, hacía mucho frío a pesar de ser aún verano y de tener encendido el aire acondicionado en una temperatura adecuada. 
Caminé como pude sobre la alfombra hasta llegar al baño, mis piernas parecían hormiguear con cada movimiento, como si miles de agujas acariciaran mi piel. Todo para que Alyssa no me descubriera. 
Una vez dentro del baño, cerré la puerta y sólo entonces encendí la luz. 
De inmediato, vi mi reflejo en el espejo frente a mí. 
No había color en mi rostro, si acaso existiera alguno sería blanco fantasma, incluso las venas verdes se dibujaban como telarañas alrededor de mis ojos, bordeando mis labios también blancos y descendiendo por mi cuello hasta perderse bajo mi pijama. Miré mis manos, los huesos empezaban a resaltar más que de costumbre y mi piel brillaba sólo por las gotas de sudor que jugaban con el espectro de luz haciendo que parecieran diamantes. 
Definitivamente, quedaba poco. 
Me tomé todo un minuto para inspeccionar mi aspecto y luego abrí el botiquín de emergencia que habíamos armado para estos casos y busqué los antibióticos. Esas benditas pastillas rosas se deslizaron por mi garganta seca. Cerré los ojos con fuerza, pidiendo al cielo que funcionaran pronto, al menos antes que Aly se diera cuenta. 
Volví a la cama con una botella de agua mineral luego de haberme tomado otra de una sola vez. La ubiqué sobre la mesa de luz a mi lado y me arropé entre las sábanas. Aún tenía frío. 
No recuerdo cuándo había dormido, sólo que desperté con el olor del almuerzo. 
Presté atención a mi cuerpo antes de salir de la habitación. Aparentemente, los antibióticos habían hecho efecto y tan sólo quedaba una leve fiebre que evidenciaba que las bacterias seguían en mi organismo. 
Me duché con agua fría, para que Aly no notara la temperatura de mi cuerpo. Y me apresuré al comedor. 
―Buenos días ―saludó Aly, exprimiendo naranjas. Un filete de carne chillaba sobre la plancha caliente y las gotas del grifo se perdían entre las hojas de lechuga en la mesada. 
―Buenos días ―murmuré―, ¿Por qué no me llamaste temprano? ―quise saber masticando un trozo de pan a sabiendas de que me había saltado el desayuno.
Alyssa guardó silencio. 
―Te oí hablar dormida anoche, luego de que te hubieras levantado ―contó―. Supuse que tenías fiebre ya que nunca hablas dormida. Pensé que necesitabas descansar. 
Esta vez fui yo la que calló. 
―Sólo espero hayas tomado la dosis exacta, Jean, un miligramo de más podría hacerte daño ―continuó hablando, sin girarse a mirarme. 
―No te preocupes, Aly, el doctor me separó las dosis en varios paquetes pequeños ―dije, mirando la nada entre mis dedos. 
Aly volvía a sorprenderme. Me conocía más que nadie en el mundo. 
Y más de lo que yo misma sabía. 
Sufría a mi lado, incluso más y lo soportaba todo estoicamente. Sin quebrarse. 
Casi. 
―No entiendo porqué no me dices nada, Jean ―murmuró, apretando el borde la mesada entre sus manos ―. Estoy aquí para ayudarte, y en su lugar me ocultas cosas como esa. 
―Sólo no quiero que te preocupes por mí, amiga ―dije, acercándome a ella. 
Al encontrarme a su lado, vi cómo las lágrimas surcaban su rostro. Tenía los ojos ribeteados de rojo y se notaba la grosera cantidad de maquillaje que había usado para ocultar sus ojeras. 
La estreché en mis brazos. Ella sollozó en mi hombro como si estuviera guardándoselo todo en su interior, como si la estuviera carcomiendo y, sin embargo, jamás mostró ninguna debilidad. 
Hasta entonces. 
―De todos modos, me preocupo por ti, Jeanette ―murmuró cuando hubo recuperado el aliento―, aunque no me lo pidieras, aunque finjas que no lo necesitas. Soy tu amiga y se supone que esto hacemos los amigos. No es fácil saber que perderás a tu mejor amiga y que no puedes hacer nada al respecto.
Los ojos se me llenaron de lágrimas y el nudo en mi garganta hizo su aparición dolorosamente. 
―Pero siempre es así, Aly, para todos. Todos podemos perder amigos, familia en cualquier momento contra nuestra voluntad. A mí sólo me lo hicieron saber de antemano ―intenté explicar―. ¿Sabes? Nunca entendí por qué las personas se dedican a sus seres queridos por completo sólo cuando saben que ellos irán a morir cuando se supone que todos moriremos. ¿Por qué no entregarse antes? ¿Cuándo ellos están sanos y felices? ¿Necesita una persona tener una enfermedad terminal para que los demás demuestren que lo aman? 
Alyssa se separó de mí, se secó las lágrimas y sus ojos quedaron pintados de un revoltijo de maquillaje negro y beige. 
―Tienes razón, amiga. 
―Pero no contigo, Aly ­―le interrumpí―, tú has estado siempre. Estando yo sana, estando yo enferma. Y no tienes idea de cuánto te lo agradezco.
Nos abrazamos uniéndonos en un mismo sentimiento de gratitud. 

Esa tarde me observé en el espejo más grande de la habitación. El descenso de mi peso se había vuelto grosero. La piel se pegaba a los huesos haciendo que me viera espeluznante. Mi clavícula resaltaba como un feo collar. 
Si acaso quería encontrarle algún lado positivo a mi situación, resultaba una suerte pasar mis últimos meses de vida en otoño, cubierta de abrigo y de capas de ropas que ocultaran mi cuerpo. El resto de las personas no tenían por qué ver mi decadencia. 
Suspiré sonoramente sintiendo mi fuerza decaer. Lo cierto era que le temía a la muerte. 
Mis padres habían fallecido de repente, prácticamente no se dieron de cuenta de ello. Con poco o nulo dolor ellos ya habían dejado de pertenecer a este mundo. 
Yo sin embargo lo sufría a diario. El dolor era tangible. Las energías se escapaban de mi cuerpo con cada respiración. Cada minuto estaba más cerca. 
―¿Jean? ¡El taxi está aquí! ―dijo Alyssa del otro lado de la puerta, volviéndome a la tierra. A la realidad.
Compuse mi expresión y salí a enfrentar mi pasado.



Imagen de Bethany----Joy en Deviantart

jueves, 22 de septiembre de 2011

Countdown - Parte 05


Recuerdos... [cont.]

El verano estaba llegando a su fin y yo iba cargada de libros a mi primera clase, cargada de libros y de ansias, emocionada, expectante por un nuevo comienzo. Papá aún vivía y me había llevado en el auto. Él me había despedido con un apretado abrazo y un ‘¡Éxitos!’ bailando en sus labios junto con una sonrisa ancha. 
Por las prisas, no había prestado mucha atención al camino y me topé de frente con una persona. Él, Damien. En ese momento no estaba al tanto de su identidad, obviamente, así como de lo poderosa que podía resultar ser una simple mirada. La suya. 
Su sonrisa nerviosa y sus cabellos dorados quedaron grabados a fuego en mi memoria. Sus ojos como zafiros brillaban con curiosidad aquella tarde, como si se preguntaran quién era aquella torpe que había osado chocar con él. 
Me pidió disculpas repetidamente en todo el tiempo que nos tomó volver a juntar nuestros respectivos libros. Y fue todo. Rápido pero intenso, como una sesión de electrochoques. 
Habían pasado meses y nosotros jamás habíamos vuelto a hablar, lo que no significaba que yo no supiera nada de él. Lo cruzaba a menudo en la biblioteca, lo admiraba, memorizaba cada una de sus facciones, sus expresiones, pero, digno de mí, siempre pensé que nunca se fijaría en alguien como yo, simple estudiante de periodismo, cuando él aspiraba a ser arquitecto. En esos tiempos había creído que verlo armar rascacielos de cartón multicolor era la cosa más entretenida del mundo. 
Alyssa tuvo su buena cuota de espionaje en gran parte de la historia. Recordarlo incluso me roba una sonrisa. 
Así pasó el tiempo y jamás tuve el valor de decirle nada acerca de lo que sea que sucediera en mi corazón cuando lo veía, o en mi estómago cuando pensaba en él. Mi cuerpo sabía que él estaba cerca incluso antes de que yo lograra encontrarlo con la mirada. Hasta que la vida decidió arrebatarme a mi padre y me regaló el precioso consuelo de su presencia en el peor momento de mi vida. 
―Lo lamento tanto ―musitó él al final de la fila que se había formado frente a mí, a un lado del féretro de mi padre y en un ceñido abrazo hizo que muriera y volviera a nacer en un instante. 
En ese momento no supe qué hacer, cómo reaccionar y me limité a colgar mis brazos a ambos lados de mi cuerpo por un largo minuto como en shock, como si no pudiera creer lo que estaba sucediendo o como si no fuera capaz de controlar mi sueño. Porque aquello era lo que parecía. 
Luego, cuando escuché un lamento proveniente del fondo de su garganta, coloqué mis manos en su cintura, devolviéndole el gesto y apoyé mi rostro en su pecho que subía y bajaba con dificultad. Sollozaba. Damien sollozaba entre mis brazos. 
Él, que siempre me había parecido más indestructible que alguien que se quebrara con la muerte de un desconocido, se encontraba de la forma más vulnerable en mi abrazo. Juntos y en el mismo dolor. 
Era más alto que yo por lo que inclinó su cabeza sobre mi hombro cuando las lágrimas volvieron a salir de mis ojos y las suyas comenzaban a humedecer mi ropa de luto. Podía escuchar sus suaves lamentos en mi oído y su dolor me atravesaba por completo. 
―También perdí a mi padre ―me contó después de mucho tiempo de abrazo y cuando ambos hubimos llorado lo suficiente como para volver a hablar―. Pero yo lo hice cuando tenía diez años ―continuó y sus dedos se dedicaron a secarme las lágrimas de mis mejillas con delicadeza. 
―Lo siento ―murmuré con mi mirada perdida en sus ojos cristalinos, sus párpados delineados en rojo y las lágrimas humedeciendo sus largas pestañas. 
―Gracias ―susurró y me regaló una media sonrisa―. Discúlpame si he sido muy efusivo, sé que no nos conocemos pero… me ha tocado muy de cerca. Aún hoy siento el mismo dolor que aquel día cuando supe que él ya no jugaría conmigo ni me arroparía por las noches―explicó agachando la mirada. Sus pestañas se proyectaron como largas sombras sobre sus pómulos. 
Sentía la agonía de su corazón al contarme su historia y por primera vez en todo el velatorio, me sentí comprendida. Finalmente alguien podía entender lo que significaba la pérdida de mi padre. No era simple egoísmo. No se trataba de mi soledad. Simplemente no podía comprender qué podría haber hecho él para merecer la muerte. 
―No te preocupes ―me las arreglé para decir. 
Mi corazón latía arrítmico, ya entonces estaba cansado, confundido entre tantas emociones. Y tardaría dos años en confirmar que ése sería el ritmo que tendría desde entonces cada vez que Damien formara parte de mi vida. 
Nos hicimos amigos, por ponerle un título. Nos juntábamos para estudiar, con Alyssa en medio para recordarme cada vez que demostraba más de lo que yo estaba dispuesta a mostrar, que sentimientos como aquel que comenzaba sólo acarreaban dolor. Y mi padre era prueba de ello. 
Todo era sencillo a su lado. Pero por alguna razón, lo más probable es que fuera el hecho de que él me contara todo acerca de su vida, la suya y la que compartía con afortunadas chicas, nunca siquiera le sugerí que algo podría pasar entre nosotros. Me limitaba a mí misma, ya no quería sufrir, ya no luego de tantas pérdidas. Una más podría matarme de la tristeza. 
Y para eso no estaba preparada. 
Ese fue el porqué, cuando tuve mi título en mano, huí hasta el otro lado del océano para empezar una nueva vida. Una libre de Damiens que pudieran boicotear mi autoestima, libre de personas que me hicieran sentir especial sin que siquiera lo sospecharan, sin que supieran que una sonrisa y mi mundo se restringía a su alrededor, una mirada y mi respiración pertenecería a ellas. 
No sería más fácil para mí, pero sí lo menos doloroso… a largo plazo… quizás. 
Al principio, intentaba ocultarme tras oscuros trajes de seriedad, mostrando al mundo sólo lo que era capaz de hacer con un papel y un lápiz. Entraba a trabajar a las siete de la mañana, almorzaba a las doce y volvía a mi departamento a las dos en punto sin hablar con nadie. Mis compañeros no habían conocido mi voz hasta dos años después de mi ingreso, cuando el jefe de sección había anunciado mi ascenso. Nadie más que Alyssa podría darse cuenta que en el fondo, sentía pesar ese vacío que había quedado luego de haber abandonado mi corazón en los Estados Unidos.



Imagen de Cynicalbaby en Deviantart

viernes, 16 de septiembre de 2011

Amor cibernético




Se conocieron en la era digital, 2011, en una plataforma digital, Facebook, en una pantalla digital, iMac, pero sus corazones eran analógicos. Y sus bocas y sus suspiros no podían ser traducidos a un código binario, a un idioma de ceros y unos. Dicen que las máquinas nos comerán y acabaremos convertidos en animales digitales pero nunca sucederá eso. Las sábanas no se empapan por tormentas de ideas en foros cibernéticos sino por la fusión de dos deseos que chocan frontalmente sobre la superficie de un colchón. No se puede escanear un abrazo, ni darle a la tecla ESC cuando los malentendidos te llenan el corazón de dudas y el dolor no se puede meter tampoco en la bandeja de salida. Todo esto les pasó. Se conocieron en digital, se amaron en analógico y cuando comenzaron a discutir decidieron regresar a sus teclados. Pero pronto lo entendieron y arrojaron el ordenador por la ventana: el antivirus del amor es más amor.





Lo encontré, irónicamente, en Facebook.


sábado, 10 de septiembre de 2011

Juntos a la par

Le he pedido tanto a Dios que al final oyó mi voz, por la noche a más tardar yendo juntos a la par. 
Sé su nombre, sé su edad y sus gustos en la intimidad. Cuando un corazón se entrega y el mañana nunca llega, que más puedo hacer.
Nada como ir juntos a la par.

Canción: "Juntos a la par" de Daniele Herrero.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Free hugs



Habrá millones de formas de explicar lo que siento, pero me quedo sin palabras. Así que perdoname si te abrazo sin decir nada.

domingo, 4 de septiembre de 2011

El mejor cansancio

La casa estaba silenciosa. La noche aún más. No se oían siquiera el cantar de los grillos o el soplido del viento que invadía por las ventanas. 

Incluso el exterior parecía como si el Padre Tiempo se hubiera olvidado de volver a presionar start. 

Pronto, dentro, en la habitación el silencio dejó de ser tal. Pues habías empezado con tu sendero de besos, con la degustación de mi piel. Algo parecía haberte aburrido. Quizás, simplemente fue la mejor manera que hallaste para romper con aquel silencio. 

Quizás, simplemente habías entrado en mi mente y robado algunas ideas. 

Tus labios acariciaron mi piel de una manera tan suave y delicada que si no supiera que eras tú y tu espíritu aventurero, hubiera asegurado que se trataban de aleteos de mariposas. Mariposas llenas de promesas y anhelos. Que daban tan poquito que dejaban con gusto de más. 

Y de algún modo lo supiste. 

Tus besos habían dejado de ser tiernos. Ahora eran apasionados. Entregándolo casi todo. Realizando un bosquejo detallado de cuánto más eras capaz de dar. Me aferré a ti como si fueras la salvación en momentos finales. Como el último paracaídas en un avión que caía en picada. 

Mis manos inútilmente intentaron abarcar todo tu cuerpo, con premura. Con necesidad. Con especial atención en tu triangular espalda desnuda, cuyos músculos se marcaban en ondulación por la penumbra, iluminándolos sólo la tenue luz de las velas. Pero resultaban tan pequeñas. Insuficientes. 

Gemí frustrada. 

Descendías y ascendías en aquella ruta imaginaria trazada por tus labios, como si te faltaran bocas para poder besar. Como quien pasea una y otra vez por un sitio que le gusta. Mi piel en tu paladar era vainilla dulce. La tuya en el mío, chocolate negro. 

Chocolate del que nunca tenía bastante. 

Fuiste deshojándome como si yo fuera un regalo que hubieras esperado mucho tiempo, con parsimonia y a la vez fiereza. Mientras tanto y al mismo tiempo, yo deshacía tus ropas lanzándolas fuera de nuestra burbuja. También había esperado mucho por un obsequio como tú. 

Tentaste mis barreras. Me prometiste el cielo, me dejaste acariciarlo con las manos para luego quitármelo y haciéndome desearlo aún más. Para de nuevo tentarme. E iniciar una y otra vez ese pequeño juego que parecía llenarte. Que dejaba que te colmaras de mis suspiros y súplicas que parecían divertirte. 

Tu boca invadió la mía y en el entrecruzar de nuestras lenguas y el resoplido de nuestras respiraciones, ambos experimentamos el fuego de la pasión, naciendo allí donde tu piel hacía contacto con la mía, invadiendo y consumiéndolo todo a su paso cual incendio. 

Y te ubicaste sobre mí deliciosamente, presionando tu cadera contra la mía, aplastándome sobre el mullido colchón, abrazándome como si yo fuera tu todo. Haciéndome saber que, en ese momento, tú estabas experimentando lo mismo que yo. 

Tu centro presionó el mío, activando nervios y suprimiendo pensamientos y tus labios entretenidos en mi cuello como si se tratara de la más divertida de tus travesuras. 

Mi piel parecía que fuera a estallar por cada poro, con cada una de las caricias de tus grandes manos curiosas. Vagabundas. Sabias. Me sentía tan pequeña a tu lado. Pequeña y protegida. 

Amada y deseada. 

Era tan sencillo amarte de este modo, amor, sabiendo que pocas veces podemos ser sólo tú y yo, nosotros mismos. Ambos indefensos e igual de expuestos, desnudos no sólo en cuerpo, sino también en alma y corazón. 

Tú bien sabes que yo no te haría daño. Yo bien sé que jamás me lastimarías. 

No ahora, amándonos. Ni después con el mejor de los cansancios. El que deja el habernos entregado por completo.-

viernes, 15 de abril de 2011

Embrace


"NECESITO TU ABRAZO para poder vercer al mundo"

Créditos a desmotivaciones.es