Esta Cenicienta ya ha pasado por noches increíbles y por eternas tardes de tristeza. Esta Cenicienta ha amado al Príncipe azul y al vagabundo pensando que ese podía ser su cuento de hadas. Esta Cenicienta ha reído con chistes malos y ha llorado por razones que estaban más allá de ella.
Esta Cenicienta ha caído y ha llenado de lodo su mágico vestido. Pero esta Cenicienta se levantó y lanzó sus zapatos de cristal bien lejos para correr en libertad.
Para ser, finalmente, feliz. Por el tiempo que dure.
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lunes, 20 de febrero de 2012


Por eso, vida mía, por el día a día, por enseñarme a ver el cielo más azul, por ser mi compañero y darme tu energía, no cabe en una vida mi gratitud. Por aguantar mis malos ratos y manías, por conservar secretos en ningún baúl quiero ser por una vez capaz de ganar y de perder.

Canción: "Aquello que me diste" de Alejandro Sanz.

De humor extraño ando últimamente, flotando en nubes, pensando que esto es demasiado perfecto para ser real. Pero lo es, y simplemente quiero disfrutarlo.
Dure lo que dure.

viernes, 27 de enero de 2012

Bendito tú



Bendito el lugar y el motivo de estar ahí. 
Bendita la coincidencia. 
Bendito el reloj que nos puso puntual ahí. 
Bendita sea tu presencia. 
Bendito Dios por encontrarnos en el camino y de quitarme esta soledad de mi destino.



Fragmento canción "Bendita tu luz" de Maná.

domingo, 8 de enero de 2012

I finally found you

Yo solía pensar que sabía quién eras tú, no sabía que dentro de ti yo iba a encontrar la luz, no sabía que existía un mundo así, no sabía que podía ser tan feliz. 
Y la vida pasaba de largo, vacía, sin emoción, no había nada flotando en el aire abrazándome el corazón.
Hoy que estoy en tus brazos recuerdo mi soledad, y me río pensando en las veces que yo te dejé pasar.
Llegaste tú y el mundo me abrazó. Y llegaste tú y me sorprendió el poder que había en este amor, y llegaste tú, una bendición, aún recuerdo el momento en que todo cambió.

Canción: Y llegaste tú de Sin bandera. 
Cuesta tanto encontrar últimamente buenas letras en las canciones.

sábado, 31 de diciembre de 2011

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Amor clandestino [relato]


-¡¡Richard!! 
Se escuchó el resonar del grito agudo en toda la oficina. En los cubículos las conversaciones se detuvieron por todo un minuto para observar al joven en el escritorio principal, a un lado de la oficina de la jefa de edición y dueña de la exclamación. Ellos sospechaban que algo debía ir muy mal para que ella se expresara de ese modo. E incluso temían por la integridad del pobre empleado. 
Richard, sintió el escrutinio de sus compañeros de trabajo como un calor en su espalda que se apagó sólo al cerrar la puerta tras él al entrar. 
Él sabía que toda la empresa se podía comunicar a través de los teléfonos conectados entre cada escritorio. Para sus compañeros, un grito de la jefa de edición sólo podía significar que estaba en problemas. Pero él sabía que aquella era una señal en nada parecido a su idea. Y de sólo pensar lo que le esperaba sentía cosquillas en las manos. 
-Podría haberme llamado por el interno, Margaret –musitó teatralmente para los oídos de sus compañeros que aún observaban la puerta cerrándose. 
La morena mujer que pisaba los treinta y tantos le sonrió cómplice sentada en su escritorio, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Ese día se veía especialmente sensual, pues sus piernas se encontraban enfundadas en una estrechísima falda negra que le cubría los muslos hasta más abajo de las rodillas. Una camisa color canela se apretaba a su torso y los botones fuera de su ojal dejaban ver la cima de sus pechos. 
Richard sabía que esos botones no se habían zafado por sí solos.
Cruzó la oficina de dos zancadas y tomando la nuca de la mujer, encontró sus labios con los de ella en un tórrido beso. Ella se aferró a su cintura llena de necesidad. 
Sus bocas jugaron a atraparse por todo un minuto, como si nunca tuvieran suficiente de aquel juego. 
-Ya te extrañaba, cariño –susurró ella sobre sus labios en aquel minúsculo segundo en que el ángulo del beso cambiaba. 
Richard acarició la silueta de su amada con sus hábiles manos mientras contemplaba el deseo en aquellos castaños ojos. Cómo deseaba hacer desaparecer toda aquella ropa. 
Contestó a su afirmación con un beso lleno de pasión. Delineó los labios de Margaret con la punta de su lengua y la sintió estremecer entre sus brazos, mientras ella le quitaba el saco a tirones y colaba sus pequeñas y suaves manos bajo la blanca camisa, acariciando su piel. 
Él había llegado impuntual a su vida, pues ella ya pertenecía a alguien más. Ese cuerpo no era suyo más que por los pequeños instantes que ella quisiera regalarle. No eran sus manos las que la acariciaban un segundo antes de que cayera dormida. Ni eran sus labios los que le daban el último beso del día. 
Pero en ese momento nada importaba. Pues ella era inevitable, lo atraía incluso cuando él no lo deseaba. Habitaba su mente incluso cuando él había levantado una muralla alrededor de su corazón. 
Lo que había entre ellos era sencillo. Ella llamaba y él acudía dichoso. En secreto, como si él fuera el viento que se cuela en su falda. Prohibido. 
Sabía que lo perdería todo si ellos fueran descubiertos, que su cielo podría desmoronarse como por arte de magia, pero nada parecía lo suficientemente grave como para abandonar aquello que le hacía tanto bien. Nada era tan gratificante como sentir esa adrenalina cuando estaba en sus brazos, expuestos a que cualquiera, en cualquier momento los atraparan. 
Hundido en el espiral del amor, repartió besos por sus mejillas, descendiendo por su cuello. Saboreó el dulzor de su perfume detrás de sus orejas y sintió la textura de su piel encrespada bajo sus labios. 
La falda de Margaret se arrugó por sobre sus muslos cuando ella cruzó sus piernas en la cadera de Richard, atrayéndolo a ella, a su cuerpo y a su deseo. Sintió aquel abdomen trabajado del que carecía su esposo presionando sus curvas y transportándola a un nuevo lugar, más allá de la oficina. 
Ella, la reina del hielo estaba mostrando sus sentimientos al único hombre que había logrado calar hondo en su alma. Se había cansado de esperar a quien que la hiciera sentir de ese modo. Mujer. Deseada. Amada. 
La cordura volvió a ellos al darse cuenta de en qué terminarían de seguir de esas mieles y se detuvieron al mismo tiempo, mirándose a los ojos y normalizando sus respiraciones como si ambos hubieran recibido un baldazo de agua. 
-Volvamos a la realidad, Rick –murmuró Margaret rozando su nariz con la de su amado. Sabía que sus encuentros no podían durar demasiado pues la gente sospecharía. 
-Como usted diga, Margaret –afirmó él irguiéndose en toda su altura y recuperando su saco del suelo. 
Se lo volvió a calzar mientras observaba a la mujer frente a él que arreglaba sus prendas para volver a interpretar su papel de malvada. 
Se adelantó para abrirle la puerta y colocarse él también en su personaje. 
-…entonces, dile a Bob que espere, tengo cosas más importantes que hacer –dijo seriamente Margaret improvisando un diálogo. Pisando fuerte y haciendo que sus tacones resonaran por sobre los sonidos de los cubículos. 
-Hecho –aceptó Richard detrás de ella y frente a todos sus compañeros que no tenían idea del amor entre ellos. 
Clandestino y que tenía como refugio oficinas y ascensores. A escondidas de todos.-


Inspirado en la canción de Maná del mismo nombre :)

jueves, 10 de noviembre de 2011

Countdown - Parte 17


Último párrafo [cont.]

A la mañana siguiente, el ingeniero Acker fue despertado por un llamado proveniente de la editorial donde había dejado el manuscrito original de su primer libro. La primera tanda de ejemplares saldría la semana siguiente y los libros ya estaban impresos y encuadernados para que él fuera a echarles un vistazo. 
Así lo hizo, con la emoción de haber cumplido su sueño. Y en lo primero que pensó al observar la portada del ejemplar que tenía en sus manos y, mientras el aroma a la tinta aún flotaba con cada página, fue en una joven que descansaba sobre una cama de hospital. 
Ese primer ejemplar entre sus manos ya tenía dueña y se lo haría llegar de manera personal. 

*** 

Alyssa Grant despertó esa mañana muy temprano debido al alboroto de gente que entraba y salía de la habitación que compartía con Jean. Desde su puesto en el sofá más lejano observó cómo el doctor Sullivan desconectaba las máquinas y el dolor desbordó su corazón al observar el inerte cuerpo de su amiga, más pálida que nunca y con la boca entreabierta como si aún intentara respirar. 
Todo había terminado para ella. Para ambas.
Se puso de pie y, como una autómata se acercó al lecho. Su amiga ya no estaba allí aunque quisiera que así fuera. 
Una solitaria lágrima abrió paso por sus mejillas precediendo la procesión de su llanto. Uno que en hacía demasiados años no inundaba su rostro. Uno que no pensó que derramaría jamás. Porque ella no lloraba jamás, porque ella era la princesa del hielo y las emociones no se marcaban en su cuerpo. 
Porque ella se había prometido a sí misma purgarse de todos los sentimientos. 
Pero había perdido a su única y mejor amiga. 
“No llores, amiga”, le habría dicho Jean, “ambas sabíamos que pasaría. Soy sólo yo, vamos”. Incluso podía sentir sus manos en los hombros, dándole apoyo. 
Recordó la sonrisa de la Jeanette positiva que vivía en Londres con ella. La que iba colocando dibujos y pinturas de colores por todo el departamento para que la casa “tuviera vida”. 
El destino había sido tan injusto con ella. Tomó una de las delgadas y frías manos de Jeanette entre las suyas y se despidió de su amiga para siempre prometiendo que continuaría viviendo en aquel libro que había escrito hasta el día anterior como si supiera que esa misma noche todo terminaría. 


Damien estaba feliz en su camino hacia el hospital. Llevaba con ansias su primer libro, el que se lo regalaría a Jeanette. No podía esperar para saber su opinión. 
Lo había escrito pensando en ella y fue por ella que lo tituló “Si tú fueras mi cielo”. En él había abierto su corazón como nunca antes lo había hecho desde que la había conocido hacía más de diez años. Esta era su forma de decirle lo que sentía pues la muchacha de la historia resultaba ser una copia fiel de su mejor amiga, con todos sus rasgos físicos y todo lo que amaba de ella. 
Estacionó su coche en el subsuelo y subió hasta la habitación correspondiente. Abrió la puerta sin tocar deseando que ella estuviera despierta. La saludaría con un beso en los labios. 
Al llegar, el cuarto estaba prácticamente vacío, sólo vio a Alyssa cabizbaja, acariciando las sábanas de una cama que ya no estaba ocupada. 
Su corazón lo entendió en ese instante. Jean no había visto la increíble mañana que se reproducía afuera pues su Jeanette había muerto. 
Los ojos delineados de rojo de Alyssa y con las ojeras marcadas se encontraron con los azules de Damien y bastó para contestar todas sus preguntas. Esa misma mirada disipó las dudas y abrió su pecho con una navaja, exponiendo todos sus órganos al exterior. Robándole el aire. Helando su alma. 
El regalo entre sus dedos aterrizó en el suelo con un golpe sordo mostrando en la portada la imagen de una joven morena de brillante cabellera que se estiraba para alcanzar un globo que se perdía en el cielo, y Aly corrió a encontrar algo que calmara su dolor en sus brazos. 
Dos penas siendo una más grande. Ambas llorando por un alma perdida. Jeanette que había decidido marchar aquella mañana, cuando el otoño perecía.-




Imagen de Dianar87 en Deviantart.


Bueno, Countdown llega a su fin. Espero que a mi lectora principal le haya gustado -porque no estoy segura de si alguien más lo leyó-. Mi intención con esta historia fue, sobre todo, mostrar el impacto de las decisiones que cada persona toma en su vida. Quería mostrar cómo -la misma Jeanette lo había dicho-, una decisión puede parecer buena en un momento y pésima pensándolo bien, pero que aún así, aceptar las consecuencias con la mejor sonrisa.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Countdown - Parte 16


Último párrafo

Gracias a las medicinas, no sabía decir si deseaba morir o no. No sentía mi cuerpo, el médico había dicho que de ese modo era mejor. Más llevadero. 
Pero quería irme, dejar de dar lástima con mi huesudo cuerpo, dejar de ocupar tiempo y espacio en las vidas de personas maravillosas que no merecían mantenerse atadas a mí. A lo que quedaba de mí. Personas llenas de vida, de sueños y expectativas. Llenas de capacidades. 
Sin embargo, si debía hacer un balance de mi corta existencia en el planeta Tierra, había conocido la amistad sincera con Aly. La unión familiar con mis padres. Y el sufrimiento y el amor con Damien.
Reí hasta llorar y esbocé una sonrisa cuando el llanto llegaba a su fin. 
No tuve hijos, ni planté muchos árboles. No podía donar órganos y aun no terminaba de escribir un libro. 
No colaboré con Greenpeace cuando dije que lo haría, ni fui a visitar a algún anciano al hospital. No leí un cuento a un niño huérfano ni me lancé en paracaídas. 
No teñí mi cabello de rojo como había deseado ni encontré las fuerzas para hacerme el tatuaje de un hada en mi omóplato. 
Pero para una persona común como yo, el haber conocido esos enormes sentimientos, el haber trabajado de lo que me gustaba y con la persona que quería había sido la mayor bendición y eso había llenado mis días de alegrías y gratificaciones. 
Intenté verle el lado positivo a la mayoría de las cosas y traté de mantener la sonrisa en mi rostro la mayor parte del tiempo. Agradecí por lo que había conseguido y acepté los dictámenes de cualquier ser superior. Intenté encontrar felicidad en las pequeñas cosas. 
Por lo tanto, podría decir que mi misión en la Tierra estaba cumplida. 

―Gracias, Aly ―musité con la voz quebrada cuando ella terminó de leer el último párrafo de lo que sería mi libro titulado “Cuenta atrás”. 
Y ya no fui capaz de pronunciar alguna otra palabra pues el sueño ganó mis resistencias y caí dormida entre las sábanas blancas aquella tarde de septiembre. 

*** 

Damien Acker llegó esa noche al sector Oncología del Hospital General de San Francisco con prisa por hablar con el médico de Jeanette. Estaba decidido a hacerla entrar en razón y que siguiera un tratamiento. No podía ser demasiado tarde para intentarlo. El dinero no importaba en lo más mínimo y aún menos cuando estaría logrando que ella regresara al mundo para poder amarla como se lo merecía. 
―Lo único que podría resultar moderadamente bien a estas alturas sería un trasplante de médula ósea ―le dijo el doctor Sullivan mientras metía sus manos en los bolsillos de su bata blanca―. Pero a partir del hecho de que, básicamente, la médula donante debe ser compatible con la de la señorita Fairchild resultaría imposible encontrar tal donante ya que por lo general, la compatibilidad se da entre familiares cercanos y tengo entendido que la paciente sólo lo tiene a usted y a su amiga ―finalizó apesadumbrado el joven profesional. 
Damien agachó la cabeza, abatido como si todas las esperanzas se hubieran fugado de su enamorado corazón y maldijo en su interior por no haber hecho algo antes. Cualquier cosa bastaría para hacerse entender que al menos lo había intentado. 
Era la primera vez en la vida que deseaba algo con tanta fuerza y no podía hacer absolutamente nada. Demonios, si hubiera resultado, él mismo se sacrificaría por saber que ella sobreviviría. 
Agradeció al médico por su atención, no así por su inútil explicación y partió hacia la habitación 352, la de Jeanette. 
Ella dormía, como un ángel envuelta en nubes de sábanas blancas. Sonrió al observar la paz que emanaba. Como indiferente de los miles de sonidos que la rodeaban.
Odiaba cómo la leucemia la había consumido, como si se la comiera desde adentro dejando sólo piel y huesos tras sus pasos. 
Pero ella había sido siempre la misma. La misma Jeanette, la misma simpatía, la misma sencillez. El mismo brillo inocente en sus ojos oscuros y la misma sonrisa destellante en sus labios ahora pálidos. 
Los mismos labios que él mismo había probado la noche anterior y que, a pesar de saber que ya no mantenían el mismo sabor, a él le habían sabido a gloria. Un néctar de edición limitada y que, hasta entonces, jamás había probado. 
La había besado finalmente, lo había deseado hacía tanto tiempo que ya había perdido la cuenta. Pero jamás había soñado que cumpliría su deseo y mucho menos en una situación como aquella: ella internada con leucemia sin otro tratamiento que no fuera el que la mantenía sin dolores. 
Su cabeza estaba decorada con un pañuelo de seda multicolor y sus uñas resaltaban sobre la gama de los blancos del ambiente con su estridente tono azul eléctrico. 
Jean era así, multicolor como un arco iris, con tantos colores como energía. Decía lo que sentía y amaba sonreír a todo y a todos, incluso aunque el receptor de sus sonrisas no se lo mereciera. 
―¿Cómo ha estado? ―le preguntó a Alyssa a modo de saludo, al tiempo que colocaba un nuevo ramo de flores en el jarrón violeta sobre la mesa de noche. 
―No despertó en toda la tarde ―le explicó ella con la mirada cansada―. Ha tenido días mejores. 
Alyssa estaba escribiendo en su laptop mientras él se quedaba contemplando la madeja de piel que resultaba ser su amada. 
No podía evitar pensar en qué habría pasado si él hubiera ido en su busca cuando ella había desaparecido. Aunque tampoco era que en aquel momento tuviera alguna pista sobre dónde podría encontrarla. 
Damien se mantuvo a su lado hasta muy tarde a la noche, volvió a su departamento sólo después de que Aly lo hubiera despertado del regazo de Jean. Besó su pálida frente y antes de partir memorizó la tranquilidad de su cuerpo para luego desaparecer tras la puerta.


Imagen de Aimeeliketotakepics en Deviantart.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Frida [relato]

Frida acomodó sus compras sobre el mostrador para que el cajero pudiera cobrarle. Medio kilogramo de fresas y un pote de crema batida. 
Sus delicadas manos de uñas pintadas de rojo dejaron la bandeja de fresas del mismo color sobre la superficie metalizada. 
El joven se dedicó a apretar botones sin siquiera levantar la mirada hacia ella. Pero Frida sabía que ella no tardaría en ver el color de sus iris. No tardaría en ver sus labios curvarse hacia ella. Lo sabía. 
-Son veintinueve, ochenta y nueve –musitó con voz mustia el cajero cuyo gafete rezaba Fred. 
-Tengo treinta –habló Frida con suavidad tendiéndole los billetes. 
Sólo entonces, Fred levantó la cabeza y recorrió el cuerpo de aquella mujer frente a él, de arriba abajo y deteniéndose con especial interés en el escote de su vestido primaveral blanco con flores rosas. Le pareció bonita. De hecho, hermosa. No ostentaba grandes curvas, mas aquel vestido le sentaba perfecto. Incluso pudo percibir un pequeño trozo del encaje rosa asomando por el borde del escote. 
Se aclaró la garganta antes de tomar el dinero que aquella delicada mano de uñas rojas le tendía y cambió su expresión por una más jovial en un instante. Como quien pasa la página de un libro. Una media sonrisa dejó atrás su cansada expresión. Frida sabía qué pensaba él y le encantaba. 
El joven le tendió un par de caramelos de uva como vuelto de su compra, aun cuando resultaba más de lo que correspondía. Ella le regaló una sonrisa inocente y agitó su castaña cabellera antes de girarse a tomar su bolsa. 
-Que tenga buenos días–se despidió Fred con animosidad luego de garabatear su número de contacto en el ticket de compra. 
Frida caminó contoneando sus caderas hasta la puerta de salida a sabiendas de que el joven la continuaba observando. Sintió esa calidez recorriéndola allí donde esa mirada castaña se paseaba. Y no desapareció hasta que se encontró bastante lejos. 
Se apresuró a tomar el transporte público y allí se ganó el saludo amable de un malhumorado chofer que se había dado la oportunidad de sonreírle a aquella mujer de tan encantadoras curvas. Las tenues de su cuerpo y la tímida de su sonrisa. 
Tomó asiento a mitad de las filas seguida por las miradas de todos quienes compartían el transporte con ella. Hombres y mujeres. 
Aquel día hacía especial calor en la ciudad por lo que subió un poco la falda de su vestido dejando ver un poco más de sus kilométricas piernas de suave color crema. Sintió una mirada masculina posada allí esperando que la tela mostrara un poco más de piel. 
Ella sólo sonrió, colocó la bolsa de sus compras en su regazo y con suavidad armó un desaliñado moño con su cabello para que el viento lograra acariciar su cuello y se llevase los restos de sudor. Tomó el pequeño espejo de su bolso y se prestó a observar si su maquillaje seguía en su lugar. 
Oh, sí, estaba intacto pese al sudor. Las largas pestañas continuaban negras agrandando sus ojos del color de las almendras y sus labios mantenían ese tono durazno apetecible que le había dado esa mañana. 
Una vez más sintió la observación de los pasajeros. Se sintió perfecta. Como si ellos también dieran su opinión acerca de su maquillaje. 
Ella sabía que era capaz de llamar la atención allí donde fuera. Todos se giraban sobre sí mismos para verla pasar, ver sus largas piernas y su estrecha cintura. Todos la veían esperando que les sonriera. Soñando con que se acercara a hablarles. 
Adoraba que los hombres la desearan y que las mujeres sintieran esa necesidad de querer parecerse a ella. 
Cruzó sus piernas entre sí y vio por el rabillo del ojo cómo un hombre cuarentón se agachaba notoriamente esperando ver algo más bajo su falda. Ella miró distraída el paisaje que rodeaba su departamento. 
Pronto debió descender del vehículo y le dedicó una mirada cargada de inocencia a aquel hombre que aún la seguía a través del cristal de la ventanilla. Como si en verdad ella nunca se hubiera dado cuenta de que él se la estaba comiendo con los ojos. 
Era adicta a las miradas, le gustaba saberse hermosa. 
Recorrió los escasos metros que la separaban de su hogar, saludó a un par de vecinos y, tras un corto paseo en ascensor, entró a su departamento dejando la bolsa de sus compras sobre la mesa del comedor. Se apresuró a darse un baño. Se quitó el maquillaje y simplemente hidrató su piel y roció un poco de su perfume detrás de las orejas. 
Cambió su sensual vestido blanco por un conjunto deportivo gris y ató su cabello en una alta cola de caballo en la cima de su cabeza. 
Tomó las fresas que había comprado, las lavó bajo el chorro de agua fría, las cortó en pequeños trozos y derramó la crema sobre ellas. Haciendo caso a esa parte de ella que pedía por un postre desde muy temprano en la mañana. 
Se dispuso a esperar mientras tomaba los trozos de la cremosa fruta y escuchaba una canción cualquiera en la radio de turno. 
El timbre resonó en el departamento cinco minutos después. Eso le robó una genuina y brillante sonrisa. Una muy distinta a todas las que había regalado esa mañana. Se apresuró a abrir la puerta y se refugió en aquellos brazos que tanto amaba sin siquiera asegurarse de quién era aquel hombre. Pues su corazón lo sabía antes que su cerebro y no necesitaba confirmarlo, ella conocía de memoria ese perfume amaderado. 
Cuyo dueño estaba más allá de una simple mirada furtiva en el supermercado o en la calle. 
El dueño de esos brazos que la rodeaban con cariño la amaba por sobre su aspecto y sólo frente a él ella podía ser simplemente Frida, sin prendas que mostraran más de su cuerpo. Él no necesitaba de prendas que pudieran insinuar, porque él simplemente conocía cada milímetro de su piel. 
El dueño de esos brazos y autor de aquel tierno beso no necesitaba que ella se mostrara inalcanzable, etérea, sensual e imposible. Porque él la había alcanzado y la había sentido real. Porque ella se lo había permitido. 
Él dueño de aquel suave ‘Buenos días, cariño’ no necesitaba del maquillaje que agrandara sus bellos ojos, ni del rubor artificial en sus mejillas, no necesitaba del rojo en sus labios ni de las miradas cargadas de dobles significados. Porque sabía que ella cambiaría todas aquellas miradas que le habían regalado en todo el día por una sola de las suyas en ese momento. Una mirada llena de verdadero amor.-

martes, 1 de noviembre de 2011

Countdown - Parte 15


Confesiones [cont.]

Mi mente no estaba preparada para tanta información acumulada y volvía a trabajar a velocidad reducida. Una parte de ella saltaba de alegría por todo aquel significado oculto en las palabras. 
La otra, simplemente se negaba a creer en esta realidad. 
―Volví por ti, Damien ―me confesé intentando esquivar mi vista hacia cualquier parte, mas él no me lo permitió―, quería saber cómo estabas. 
―¿Por qué desapareciste? ―volvió a preguntarme como unas cuantas noches atrás. Urgido por una respuesta, pero con la ternura de quien sabe que no la encontrará de buenas a primeras. 
Cerré los ojos con fuerzas. Era el momento, iba a perderlo de todos modos, ¿qué importaba que le dijera la verdad? ¿Qué diferencia haría? 
Ninguna. Sólo me quitaría un peso de encima. 
―Tenía miedo ―susurré, un tanto por la conmoción y otro tanto por la escasa fuerza que quedaba en mi cuerpo―. Había empezado a sentir por ti cosas que no me permitía y pensé que cruzando la frontera las podría abandonar aquí. 
―¿Fue así? ―quiso saber. Negué con la cabeza. 
Aquellos sentimientos me habían acompañado hasta Inglaterra. Me acompañarían incluso si viajara hasta la Luna. Estarían conmigo por siempre. 
―No sabes la impotencia que siento al verte dejándote morir. La impotencia de encontrarte sólo para volver a perderte y esta vez para siempre. Pero aún más porque podríamos haber tenido un futuro juntos. Uno mejor que éste ―dijo, esta vez agachando él la vista. 
Dejó caer su mano de mi rostro, rendido. El corazón se me estrujó de tristeza y las palabras resonaron en mi interior por todo un minuto. 
“Un futuro juntos”. Inclusive podía imaginarlo. Podía verme enamorada de él, riendo juntos en la banca de una plaza. Jugando con la harina mientras preparábamos pizza. Durmiendo acurrucada en su pecho mientras la lluvia empañaba el vidrio de mi ventana. Sería tan sencillo dejarlo ser que dolía todavía más que los ataques de la leucemia en mi cuerpo. 
―Por favor, no digas más. No soportaría pensar en todo lo que me he equivocado ―musité de manera casi inaudible. Cerré los ojos y me lamenté profundamente. 
Había cometido tantos errores y ahora era demasiado tarde. La bomba estaba a punto de estallar y en ese momento, deseaba que lo hiciera. 
Advertí una cálida respiración acariciar mi nariz, un segundo antes de sentir la suavidad de sus labios en los míos. Tiernos y cargados de sentimientos, de necesidad y deseos. 
Si tan sólo pudiera borrar la leucemia de mi cuerpo. Hubiera respondido con mayor vitalidad a aquel beso. Daría todo de mí y no sólo la mísera pizca de vida que se me escapaba con cada respiración. 
Pero un beso de Damien lo justificaba todo. El saber que sentía algo lejanamente parecido a lo que yo sentía por él, allí, incluso a un metro de la muerte, me mostraba que en verdad el amor existía. Que había alguien allí para mí pero que por decisiones equivocadas jamás sería nada más que ese beso. 
La respiración me falló casi de inmediato y él lo supo. Se apartó de mí y lo observé abrir sus ojos. Sus ojos azules salpicados de amor, al borde del llanto y enmarcados por largas pestañas que lo hacían adorable. 
Las motitas oscuras en sus iris estaban allí como hacía siete años y minúsculas líneas de expresión se dibujaron en el contorno de sus ojos cuando me sonrió levemente. 
Me llevaría esa imagen tatuada para toda la eternidad. 


El día siguiente fue el peor de todos. Ni siquiera podía encontrar un poco de paz rememorando el beso con Damien. Había sido el momento más especial de mi vida y no había podido disfrutarlo. 
Ese beso había sido el principio de algo que duró lo que el beso. Un par de segundos. Para terminar sin que siquiera sus labios lograran calentar los míos con su roce. 
La muerte estaba rondándome muy cerca, podía sentirla a los pies de la cama, decidiendo si llevarme con ella en quince minutos o mañana por la mañana. Como si esperara el escenario preciso para mi último acto. 
Aly a mi lado, escribía lo que le susurraba, con su oído inclinado hacia mi prácticamente inaudible voz. Corrigiendo mis expresiones cuando resultaban incoherentes. 
Buscaba un cierre, una manera de culminarlo todo. Algo que quien lo leyera luego no se quedara con un sabor amargo ni una tristeza incontenible como la de mi amiga en ese momento. Algo que, de cierto modo, dejara una enseñanza. 
Pero me resultaba difícil dejar una moraleja cuando yo misma había aprendido tarde todas las cosas trascendentales de la vida. 
Pero, aun viendo a la muerte a la cara, no tenía miedo ni dolor. Los analgésicos se encargaban de borrarlo todo. Sólo me quedaba una estúpida sensación en el pecho al no haber seguido el consejo de Aly cuando insistía en que me tratara. Claro, en ese entonces no tenía idea que volvería a encontrar a Damien, que resultaría que lo continuaba amando y que él correspondería minúsculamente a ese sentimiento. 
Mi amiga mientras tanto se mantenía en silencio, salvo las escasas palabras que de vez en cuando pronunciaba para corroborar mis ideas a escribir. No comentaba acerca de lo que estaba cerca, pues ella bien sabía que yo conocía muy bien las palabras que quería decir al respecto de casi todo. 
“Me alegra que tú y Damien se hayan sincerado”, habría dicho. “Aunque me hubiera gustado que todo sucediera antes” 
Era increíble la manera en la que una simple decisión tomada en un momento diferente podía haberlo cambiado todo. 
La decisión de no huir de Estados Unidos, la de confesar mis sentimientos a Damien aún estando aquí, la de seguir un tratamiento… podría haber logrado que yo no estuviera en esas condiciones. 
Quizás estaría casada con Damien, recuperándome de leucemia. 
Quizás lo nuestro no habría funcionado de todos modos pero me habría convencido de luchar. 
Siempre pensé que las decisiones tomadas en un determinado momento podían resultar muy buenas hoy y no tan buenas mañana, viéndolas desde otra perspectiva.
De cualquier modo, ya era demasiado tarde para mí.

martes, 18 de octubre de 2011

Amar


Amar es desear tocar su alma a través de su cuerpo, sentir y palpitar con un beso. Soñar con un futuro, desear y luchar cada día por ser mejor para esa persona.
Amar es disfrutar de lo simple de la vida: Un beso, una rosa, una canción. Se convierten en los cómplices perfectos en una relación.
Amar es desear cambiar el mundo, refugiarte en la calidez de sus brazos y pensar en que todo cambiará. Es anhelar tener un poco más de tiempo para contemplar la belleza de la vida a través de sus ojos. Un amor puro no te exige… Te fortalece, te acompaña. Un amor sincero no te condena… Te hace libre.

martes, 11 de octubre de 2011

Countdown - Parte 13


Últimos pasos


La primera mañana de mi internación fui despertada por Alyssa que revoloteaba aquí y allá decorando la habitación, con portarretratos y pinturas. Intentando poner color a tan deprimente escenario. Para, al menos, dejar el mundo de una manera menos triste. 
Una maleta abierta descansaba en el gran sofá donde supuse ella había pasado la noche, y otra cerrada acostada en el suelo. 
Sobre la pequeña mesa de luz a un lado de mi cabeza había un jarrón violeta colmado de flores rosas, blancas y lilas. Claveles y margaritas. Y pequeños helechos dando verdor al ramo. Un gran moño a tono  terminaba el arreglo.
Una tarjeta rectangular rosa entre las flores. 
―Buenos días ―saludó Alyssa, le regalé una sonrisa para que supiera que había amanecido bien―. Bonitas flores ¿eh? 
―Buenos días, Aly ―dije sentándome lentamente. Me sentía mejor que el día anterior, lo que me puso de excelente humor―. Sí, son hermosas. Gracias por el regalo, a este cuarto le hacía falta un poco de color. 
Alyssa afirmó levemente con la cabeza y luego rió bajito. 
―No fui yo ―explicó acercándose al ramo, acarició las flores con una sonrisa extraña y tomó la pequeña tarjeta para que pudiera darle un vistazo. 
La tarjeta decía: Que tengas un lindo día. Damien. 
Como estúpida sonreí. Leyendo las sencillas palabras con aquella voz profunda en mi mente. 
Había sido una agradable sorpresa. Una enorme sorpresa recibir un ramo de flores de la única persona de la que pensé no volver a tener noticias jamás luego de aquella minúscula conversación del día anterior. 
Y esa sonrisa sobrevivió todo el día y un poco más. Hasta que una sorpresa aún mayor que las flores apareció detrás de la puerta de mi aún aburrida habitación. 
―Buenas noches ―dijo él, Damien con el mismo aspecto cansino y la misma pequeña sonrisa al verme luego de que hube terminado de cenar. 
―Buenas noches ―repetimos Aly y yo al mismo tiempo. 
Damien tiró su gabardina sobre el respaldo de la silla a mi lado y tomó asiento. Amplió su sonrisa al ver el ramo de flores sobre mi mesa de luz. 
―¿Te han gustado las flores? ―me preguntó. Asentí. 
―Sí, gracias, son muy bonitas. 
―Pensé que, ya que conociéndote no te gustaría quedarte en un lugar tan deprimente, al menos podría colaborar con un poco de color ―explicó con un encogimiento de hombros. 
Y allí fue cuando supe que aún lo amaba, porque a pesar de haber pasado tanto tiempo desde la última vez que nos hayamos visto aún me recordaba. Él no me había olvidado incluso cuando había desaparecido de repente. Incluso cuando debería de estar enfadado conmigo. 
―Estás en lo cierto ―coincidí. 
Él me obsequió una de sus más bellas sonrisas desarmando mi corazón y marcando de nuevo aquel ritmo que no había bailado desde hacía bastante tiempo. 

Desde esa noche, recibí sus visitas cada día, a la misma hora, con la misma sonrisa y el mismo ritmo acelerado de mi corazón como música de fondo. 
Reí mucho y sonreí bastante más. Recordamos tiempos pasados y nuestras divertidas tardes en la Universidad. Alyssa y Damien estaban haciendo mis últimos pasos realmente fáciles de transitar. 
Aquella mañana, el día más difícil que había vivido hasta entonces, era domingo y había despertado con mucho malestar. Esa mañana cambiaron la droga que me mantenía sin dolores por una más intensa. 
Me costó mucho trabajo levantar la cabeza de la almohada. El sólo hecho de cambiar de posición horizontal a vertical resultaba horrible. Los mareos abundaban y preferí contemplar el techo en lo que me quedaba de tiempo. Por más aburrida que pareciera la perspectiva. 
Alyssa se entretenía rearmando su incómodo lecho sobre el sofá, engordando sus almohadas y borrando las arrugas de sus sábanas rosas. Y Damien estaba a mi lado, escribiendo en su laptop, con un casi invisible par de lentes rectangulares que transparentaban sus ojos azules, brillantes por el cristal y por la misma concentración en su tan dedicada tarea. 
―¿Finalmente has decidido seguir tus sueños? ―hablé con una voz extraña, rasposa, apagada, que aunque no parecía, era la mía. 
Recordé una de las tantas conversaciones del pasado, esa en la que él me había confesado que su verdadero deseo era ser escritor. La misma en la que había escuchado de su boca que había elegido la carrera de arquitectura sólo para el placer de su madre, quien buscaba hallar un poco de consuelo de su viudez repentina en un hijo que cumpliría sus propios sueños frustrados. 
Damien levantó su vista de la pantalla y me clavó su mirada deslizando sus lentes hasta la punta de su nariz. Sonrió de lado antes de contestarme. 
―En algún momento debía hacerlo. 
―Me alegro por ti ―me sinceré. 
―He presentado uno de mis escritos en una editorial la semana pasada. Aún espero novedades ―me contó con un brillo de esperanza en su rostro. 
Me acosté de lado de modo de quedar frente a él y lograr observarlo mejor. Diablos, era increíble la manera en la que sentí que podría quedármele viendo toda la noche sin que me saturara de él. 
―Estoy segura de que la publicarán y será un éxito ―deseé, incluso cuando no tenía idea de la historia que contaba. 
―Ojalá. Te regalaré la primera copia ni bien esté lista―dijo volviendo a tipear en su laptop. 
―Sólo espero estar aquí para leerlo ―susurré volviendo a mirar el entretenido techo. 
―Sé que sí lo estarás ―afirmó seguro Damien que al parecer me había oído―. Y corregirás todo lo que se le haya pasado a los editores. 
Sonreí con tristeza. Mi cuerpo parecía una bomba, con un enorme reloj de dígitos rojos incrustado que contaba hacia atrás el tiempo que me quedaba. Y ese tiempo era muy escaso. Lo sabía.



Una de mis partes favoritas :)

sábado, 8 de octubre de 2011

Countdown - Parte 12


En la cornisa [cont.]

―¿Cuánto ha tiempo ha pasado, Jean? ―dijo de repente recordando, al parecer, la última vez que nos habíamos visto antes de mi partida a Inglaterra. 
―Siete años ―contesté segura. Un segundo después, me di cuenta de que por mi tono pareciera que hubiera estado contando los meses―. El tiempo te ha hecho bien ―comenté mirándolo por el rabillo del ojo. Él medio sonrió. 
“Bien” resultaba poco. Si al principio me hubiera parecido duro e impasible, esta vez que estaba a mi lado resultaba un hombre aún más atractivo que cuando compartíamos tardes de estudio. Sus rasgos eran masculinos e irradiaba seguridad por cada poro. Sin embargo, sus ojos continuaban siendo infantiles, frescos y alegres, aún con el cansancio marcando tenues ojeras bajo ellos. 
―A mí, ya ves, sólo me ha hecho mal ―hablé señalando mi cuerpo. 
Para ese entonces me encontraba muy delgada, sólo piel y huesos. Mi cabello negro había desaparecido por completo y en mi cabeza todo lo que había era un pañuelo verde esmeralda cubriendo mi calva. 
Me había despedido de mis cejas hacía pocos días y del color de mi piel desde un principio. 
Los anillos que solían adornar mis manos se caían de los dedos por lo que también dejé de usarlos. Mis uñas estaban cortas y pintadas de rojo después de haberle insistido a Alyssa que lo hiciera. 
―Pero algo habrás aprendido en todo este tiempo. Todo sucede por alguna razón y de todo se puede sacar una enseñanza ―habló pensativo, como si estuviera ventilando su propia experiencia. 
―Eso creo ―afirmé. 
Había aprendido, claro que sí. Entre otras cosas, a luchar por mí misma y a aceptar las situaciones amargas de la vida con una actitud positiva. A llorar cuando lo necesitaba y a secar mis lágrimas cuando me hube desahogado para continuar caminando. 
Pero no había aprendido a olvidar, a quitar a una persona de mi corazón, aun sabiendo que esa era la mejor opción. 
No aprendí a dejar el pasado, allí, en el pasado. 
Alyssa volvió un momento después, con el médico pisándole los talones. El hombre que rondaba la treintena, me miró con desaprobación al saber que no seguía un tratamiento específico pero continuó con mis deseos cuando usé la frase que repetía cada vez más a menudo y que mi amiga tanto odiaba escuchar. 
―No serviría de nada, doctor, sólo estaría aplazando lo inevitable. Es una especie de último deseo, no le negaría algo así a un difunto, ¿verdad? ―dije mientras el doctor Sullivan me observaba como si estuviera loca. 
Alyssa se mantenía a mi lado, agachando la mirada, tragándose las lágrimas. Intentando no llorar. 
Mientras tanto, Damien se entretenía acariciando una mustia planta que descansaba en un rincón, dándonos la espalda, como ajeno a la parafernalia médica de su alrededor. 
Tanto tiempo había pasado desde el momento en que había renunciado a cualquier cosa que me relacionara con él, que en ese momento me encontraba estúpidamente buscando cosas que pudieran unirme a él. 
Si tan solo tuviera tiempo que regalarle. Tiempo para recuperar viejas anécdotas y armar nuevos recuerdos. 
‘¡Cómo si él no tuviera nada más importante que hacer que pasar tiempo con una enferma terminal!’, exclamó llena de sabiduría una voz en mi interior. 
Era verdad. Resultaba inútil siquiera desear que él quisiera compartir tiempo a mi lado porque él, a diferencia de mí, sí tenía una vida. 
―Está bien, señorita Fairchild, la mantendremos estable todo el tiempo. Por favor, avísenos si siente algún tipo de dolor. 
―Lo haré yo, en caso de que ella no lo haga ―afirmó Alyssa―. La conozco lo suficiente como para interpretarla. 
―Muy bien ―dijo el doctor cerrando la carpeta que llevaba entre sus manos en la que anotaba todo acerca de mí. 
Esa noche, dormí sólo gracias a los sedantes y lo último que pude ver antes de caer rendida en el sueño fue a Damien despidiéndose de Alyssa con un abrazo.



Imagen de Volturispet en Deviantart

miércoles, 5 de octubre de 2011

Song

Tú me enseñaste qué tan simples son las cosas. Tú me enseñaste a dar amor y nada más y que no importa si recibes algo a cambio. 
Tú me enseñaste cómo respirar de nuevo. Tú me enseñaste a pensar antes de actuar. Sólo se trata de ver hasta lo invisible.
Y descubrí que en esta vida hay algo más, que donde quiera que yo esté, tú vas a estar.
Y como un ángel cuidarás de mí, cuando me pierda y deje de reír. 


Fragmento de la canción "Guapa" de Diego Torres.

martes, 4 de octubre de 2011

Countdown - Parte 11


En la cornisa


El silencio era quebrado por sonidos mecánicos que se repetían constantemente. Agudos y graves. En mi mente dormida, sólo veía un rostro perfecto iluminado por los tonos cálidos de un atardecer, en cuyos ojos azules observaba el reconocimiento de haberse topado con algo que hacía mucho tiempo no había visto. Y un sopor cubriendo mi cuerpo que se desvanecía lentamente hasta devolverme a la realidad. 

Sentía frío y pronto me vi cubierta por blancas sábanas que no me parecían familiares y que sólo podían significar una cosa: estaba internada en un hospital. 

Me encontraba demasiado aturdida como para lamentarme, como para caer en la conclusión de que los días finales estaban aterradoramente cerca; y me tomó todo un minuto recrear los sucesos que precedieron a mi situación actual. Damien regresó a mi cabeza cuando Alyssa comenzó a hablarme. 
―¡Hey! Jean, ¿cómo te sientes? ­― musitó en voz baja poniéndose a la altura de mi rostro, a mi lado. La miré sin mirarla, las palabras llegaban a mi mente con retraso y tardaban unos segundos más en procesarse e indicarme cómo debía reaccionar. 
―Atontada ―dije con un hilo de voz. Y un momento después supe que quizás Aly y yo no estábamos solas en la habitación. Como habíamos dejado de estar solas en nuestra mesa en la cafetería. 
Giré mi cabeza en torno al pálido cuarto. No había nadie más allí, sólo las estrellas brillando del otro lado del cristal de la ventana. 
―Ha ido por café ―dijo Alyssa y el corazón se me apretó. 
―¿Quién? ―pregunté intentando apoyarme sobre mis codos. 
Él no podía seguir por allí, pues eso sólo significaba que sabía quién era yo, que estaba enferma, si acaso al borde de la muerte y eso, eso sólo contaría como una persona más que me tendría lástima. 
Y de Damien no lo soportaría. 
―Damien ―dijo simplemente―. Ha insistido en traerte hasta aquí cuando te desmayaste en la cafetería. Lo siento, no pude sostener mucho tiempo la farsa de no conocerlo. 
De nuevo esa lentitud en mi mente, como si se tratara de un caracol en una carrera de atletismo. 
―No sé qué decir ―confesé. 
Alyssa comprendió mi aturdimiento y no me invadió de preguntas, aun cuando sabía que estaba llena de ellas. Se dedicó a ayudarme a poder sentarme en la cama, acomodó mis almohadas y nos quedamos en completo silencio. Cada una en su propio mar de interrogantes. 
Yo simplemente me encontraba deseando con todas mis fuerzas que Damien hubiera optado por dejarnos en el hospital y volver a su agitada vida, que no hubiera elegido quedarse allí para otra cosa que no fuera realizar su buena acción del día y marcharse. No quería volver a verlo incluso aunque fuera lo que más necesitaba en ese momento. No quería ver la lástima opacando sus ojos al fijarse en mí. 
Pero la vida no solía cumplirme los deseos y no comenzaría a hacerlo entonces. En un instante, se oyeron dos golpecitos en la puerta de mi cuarto. Allí, mi corazón antes que nadie, supo quién se encontraba detrás de la hoja de madera. 
La manga de un saco oscuro se asomó junto con una gran mano varonil, dando paso al hombre que había poblado mi mente desde los diecisiete años, al que me había atormentado cada noche en los últimos meses. Ahora estaba allí, con el mismo gesto adusto y cansado que había visto en la cafetería. 
Un atisbo de la sonrisa que me había enamorado se asomó por sus suaves labios y sólo un destello de una alegría que se siente al reencontrarse con alguien del pasado decoró sus ojos claros al notar mi cuerpo desmadejado sobre la cama de hospital. 
Este Damien sonriente se parecía más al que me había robado el corazón. 
―Jean ―fue todo lo que dijo con su perfecta voz. Ocupó el lugar de Alyssa a mi lado y amplió su sonrisa. 
La máquina conectada a mi corazón delató mi nerviosismo, como los latidos frenéticos de una adolescente enamorada. 
―Damien ―susurré y me perdí en el desordenado mar de sus ojos. 
Él me sostuvo la mirada por todo un minuto. 
―¿Quién diría que nos reencontraríamos en un momento como este? ―habló con mayor seriedad, paseando su vista por mi delgado cuerpo. 
Lo vi titubear al intentar acariciar la mano que descansaba sobre mi regazo. Pero entendí su rechazo a tocarme, yo era lo más parecido a lo que un cadáver con una pizca de vida podría ser. 
Sólo sonreí en respuesta a su pregunta. 
―Supongo que el simple hecho de volvernos a encontrar resulta increíble ―hablé. Increíble, insólito. 
―Iré a avisar al médico que has despertado ―anunció Aly que de repente parecía haber desaparecido y salió inopinadamente de la habitación. 
Un silencio incómodo cayó entre nosotros, vagué mi mirada por el cuarto en busca de algo que decir. Nada. En verdad quería observarlo, comparar sus detalles actuales con los pasados. Quería saber si sus ojos aún tenían esas motitas oscuras en sus iris, si ya se notaban las arrugas en el contorno de sus ojos, si sus labios eran del mismo rosa que hacía tanto tiempo, si sus manos seguían siendo acogedoras y si sus dientes aún destellaban misteriosamente con cada sonrisa.



Imagen de Sylwe en Deviantart.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Perfect man?


¿Sabes por qué tengo la certeza de que eres tú la persona de la que estoy enamorada? Sé que eres tú, no porque te adaptes perfectamente a la descripción que daba yo de mi hombre perfecto, sino porque descubrí que mi descripción de hombre perfecto se había modificado para describirte a ti.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Countdown - Parte 04



De regreso

― ¿Estás segura, Jeanette? ―me preguntó Aly cuando estuvimos solas en mi departamento. Sus ojos vidriosos no me amedrentaron. 
―Más que segura, Alyssa ―dije con determinación. Ella quiso objetar, pero no se lo permití―. ¿Acaso no lo entiendes? Me esperan. Mis padres me están esperando y aquí no tengo casi nada por lo que vivir, hacer un largo y costoso tratamiento que después de todo no tiene los resultados que busco me parece algo innecesario. ―Pero… ―quiso hablar mi amiga.
―Lo haré, Aly, pero sólo un tiempo, lo que me lleve preparar maletas y hacer trámites para volar. Tengo que aprovechar el tiempo que me queda en pie antes de atarme a una cama ―conté hablando para mí misma mientras acomodaba ropa limpia en el clóset.  Ella lanzó un gemido y corrió a abrazarme entre sollozos.  
―Estás loca, amiga. 

Tal vez. 
Tal vez estaba loca y ése fuera una de las enfermedades asociadas a la leucemia. Aún en los últimos momentos Alyssa parecía mirarme de la misma manera que hacía meses, como si esperara que en cualquier momento me pusiera a reír a carcajadas o como si de un segundo al otro pudiera desaparecer. Aunque claro, no podía asegurarlo pues apenas podía diferenciar colores y difusas formas. 
No sabía cuándo terminaría todo, cuándo sería el día en que la enfermedad pasara por encima a mis ganas de vivir, de vivir cosas que no viví por mis propias restricciones, por mis propios límites, pero debía empezar lo antes posible. Antes de que todo fuera el doble de complicado. 
Recuerdo haber ido a quimioterapia una semana e inmediatamente reafirmé que aquello sólo me hacía peor. Quizás ayudaba a aumentar la cantidad de glóbulos blancos utilizables en mi sangre, quizás disminuía el impacto del problema que provocaba la leucemia, pero también se llevaba con ella mi vitalidad. Me sentía somnolienta más a menudo, los moretones en mi piel no venían solos sino que hacían que el color de mi cutis desapareciera por completo, mi cabello dejó de brillar y comenzó a caerse por mechones con el sólo paso del cepillo. Ahora más que nunca parecía un zombi. 
Y era sólo el principio… 
En The Sun, mis compañeros se habían enterado de la noticia de alguna manera y me trataban diferente. No como a la Jeanette de siempre. Y era eso lo que menos soportaba. La diferencia, la exclusión, el extremo cuidado con el que me hablaban como si una palabra fuera de lugar me matara. Me sonreían mucho y con frecuencia y me cedían asientos cada vez que iba a consultar algo con ellos. 
Lo detestaba. Detestaba que me trataran como una inútil todavía más que a la quimioterapia. 
Aquel último lunes de primavera ya lo tenía todo listo: pasaporte, maletas hechas y ordenadas y boletos de ida hacia mi ciudad natal, hacia San Francisco y un pasado que pensé que reencontraría mucho tiempo después. 
Justamente eso no tenía: tiempo. Se me estaba escapando de las manos como agua y debía verlo. Necesitaba verlo, saber que era feliz, que al menos él lo era, que había continuado con su vida de la manera en la que yo no lo hice desde esa oportunidad en la que todo acabó y de mi lado sólo había quedado el inmenso amor que sentía por el dueño de los ojos azules más preciosos del planeta. Debía verlo, debía saber de Damien. 
Sabía perfectamente que no sería sencillo, más bien como tratar de encontrar la aguja en el pajar. Y era por eso que necesitaba salir ya mismo. 






Recuerdos…

Rememoré nuestra historia durante el viaje de ida. 

Alyssa había insistido con acompañarme y, teniendo en cuenta lo incierto de mi futuro, acepté que lo hiciera. No era seguro quedarme sola mucho tiempo, necesitaba sentirme apoyada y quería pasar mis últimos meses con la única persona que había sido capaz de penetrar en la muralla que había erigido alrededor de mis emociones. 
Ella se mantenía en silencio, mirando por la ventanilla del avión por lo que podía darme el lujo de sumergirme tranquilamente en la maraña de recuerdos que venían a mí cuando pensaba en él, cuando recordaba los atardeceres en los que me quedaba contemplándolo desde lejos, siempre desde lejos pues nunca fue mío de ninguna forma y nunca más lo sería. 
Siempre ponía un filtro a nuestra historia, evitaba recordarla para no caer en el profundo pozo de recuerdos, imágenes y aromas que llegaban a mi mente ni bien escuchaba una palabra que me lo recordara. Para mi fortuna, la lista de esas palabras estaba disminuyendo en cantidad, hasta sólo afectarme ‘amor’, ‘Damien’ y ‘California’. 
Recordaba cada uno de los detalles de su rostro como si de verdad hubiera tenido la oportunidad de quedármele mirando a cinco milímetros del mío, como si mis dedos hubieran podido delinear la perfección de la línea de su mandíbula, la de sus pómulos y el delicado arco de sus cejas. Pero nunca había pasado, todo sucedía sólo en mi cabeza. Incluso recordé la primera vez que lo había visto, allá en la Universidad hacía tanto tiempo.










Imágenes de Aimeeliketotakepics y Thenightshedied en Deviantart

martes, 20 de septiembre de 2011

I love

Amo como sonríes, y me encanta que me robes sonrisas a todas horas. Porque pienso en ti y se me pone cara de boba, y me da igual. Te quiero porque no puedo dejar de mirarte y cuando nuestras miradas se cruzan se me acelera el pulso. Te quiero por nuestra complicidad, por ese lenguaje que solo nosotros dos entendemos. Me gusta sentirte cerca. Y adoro que estés pendiente de mi. Que eres mi locura y mi adicción. Me gusta que te pongas celoso. Me encantan tus toques de “ te echo de menos” y nuestras llamadas al atardecer. Conozco todas tus manías, y todos tus gestos. Me conozco cada parte de tu cuerpo, me gusta mirarte detenidamente. El color de tus ojos es mi favorito. Y mi afición preferida es tocarte el pelo. Tu voz puede llegar a hacerme temblar, y tu nombre está permanentemente en mi cabeza presente.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Countdown - Parte 02


Tiempo pasado
―Jean, ¿estás bien? ―había preguntado mi rubia amiga, una tarde de abril hacía cuatro meses. Resultaba increíble la manera en que el tiempo se deshizo tan rápidamente… 
Ambas disfrutábamos de nuestro almuerzo en una cafetería frente a The Sun, lugar de trabajo que compartíamos. Ella era editora de la columna de modas. 
No hacía calor en aquella primavera londinense, por lo que decidimos sentarnos al exterior, bajo las sombrillas blancas . El lugar estaba colmado a esa hora del mediodía. La gente disfrutaba del clima agradable, sonreía y charlaba animadamente. Nosotras, por nuestra parte, simplemente nos manteníamos en silencio. 
― ¿Jeanette? ―llamó mi atención Alyssa, dejando el tenedor a un lado de su ensalada e interrumpiendo mi entretenido juego con los trozos de papa de mi plato. 
Levanté mi vista hacia ella y me quité el mechón de pelo que se interponía en mi visión. Aly tenía los castaños ojos serios y la boca masticaba lentamente, como si a sus papilas no les gustara el sabor de la escarola. 
― ¿Sí, Alyssa? ―musité mirando mi plato, no soportaba su intenso escrutinio. Mala idea. No tenía hambre y temía que la presentación dedicada de mi comida sobre la blanca losa quedaría casi intacta. 
― ¿Te encuentras bien? ―me volvió a preguntar, fingí no entender. 
― ¿Por qué lo dices? ―inquirí jugando con la punta de mi tenedor con la costra de mi milanesa. 
―Por esto, amiga ―dijo Aly señalando mi plato. La miré a través de las pestañas ―. Y por esto ―agregó señalando mi brazo derecho. 
No entendí a lo que se refería hasta que volví mi mirada hacia la piel que dejaba al descubierto mi sencilla camisa blanca. 
― ¡Oh! ―gemí colocando un dedo sobre el moretón―. No recuerdo habérmelo hecho ―dije más para mí que para Alyssa. 
Mi amiga suspiró. 
―Y eso no lo es todo, Jeanette ―continuó, sus ojos me traspasaron un segundo como si tuvieran rayos X y luego se nublaron con la preocupación―. Estás muy delgada ―musitó. Yo resoplé. 
―Sólo un par de kilos por debajo de mi peso, amiga ―alegué en mi defensa, restándole importancia―, he estado muy ocupada estos días con el artículo de… 
―Quiero que vayas al médico, Jeanette ―dijo seriamente interrumpiéndome. 
Solté una risita sin poder evitarlo. 
―De verdad, Aly, no creo que sea para tanto. En un fin de semana aumento esos dos kilos, ya sabes cómo soy ―pronuncié volviendo a bajar la mirada al plato frente a mí. No sentía apetito y no encontraba la manera de hacer desaparecer toda esa comida. 
Mi amiga se quedó mirándome fijamente por dos segundos, tomó un poco de escarola con su tenedor y la masticó con lentitud. Una vez más. 
―Ponlo de esta manera ―dijo entrelazando sus dedos a la altura del mentón con los codos apoyados sobre la mesa―. Ve a un doctor, hazte un control de rutina, si no tienes nada malo sabrás que ha sido una exageración mía, pero al menos podré estar tranquila… por favor. 
Respiré hondo. Hasta entonces los médicos, por más respetable que fuera la profesión, sólo se habían dedicado a darme malas noticias. La muerte de mi madre en un accidente del que yo me había salvado de milagro y la de mi padre que sufría de problemas coronarios eran prueba de ello. 
Por otra parte, la cara de Alyssa demostraba verdadera y genuina preocupación. De esas que rara vez uno es capaz de contemplar en personas que no sean de la familia. 
―Está bien, iré mañana si eso te tranquiliza un poco ―suspiré e hice el intento de comer a pesar del nudo en el estómago. 
―Es tu salud, Jean, y sabes cuánto te quiero―claro que lo sabía. Sonreí―. Ahora come ―agregó. 
Fruncí el ceño y tomé otro trozo de papa asada. 

Alyssa. Si alguien me ha ayudado en mi vida había sido ella. Amiga desde que tengo memoria. Hermana que nunca tuve desde que decidí correr hacia Londres, dejando atrás –o intentando hacerlo-, los recuerdos dolorosos de una soleada San Francisco y al mismo tiempo intentando cumplir mi sueño del libro de historias para adolescentes publicado con mi nombre: ‘Jeanette Anne Fairchild’. 
Resulta retorcido que incluso en mi lecho de muerte tuviera tanto que escribir y tan pocas fuerzas para hacerlo, tantas ideas frescas en mente y tan poco tiempo para plasmarlas. Por alguna razón las personas dicen que ‘no dejes las cosas para mañana, si puedes hacerlo hoy’… y yo ni siquiera estaba segura de sobrevivir al día siguiente. 


―Bien, señorita Fairchild ―había hablado el doctor quince días después de haber tomado muestras de mi cuerpo. 
El hombre cano de impecable bata blanca tenía un sobre beige en sus manos y una sonrisa de dentífrico en los labios. Recuerdo que creí, en un principio, que era odontólogo en lugar de médico clínico. 
El doctor Donovan –como rezaba su placa dorada sobre el escritorio- abrió el sobre con parsimonia, como si tuviera todo el día. A mi lado, estaba Alyssa naturalmente. 
La sonrisa y el rostro amable del médico se fueron desdibujando conforme sus ojos recorrían línea tras línea del escrito entre sus dedos. Incluso parecía haber perdido un poco del color de sus mejillas. 
El silencio cayó entre nosotros como pesada bruma que se extendió por tanto tiempo que pensé que el médico se había olvidado de nuestra presencia, allí, frente a sus ojos. 
Luego, simplemente aclaró su garganta. Se quitó los lentes, pasó sus manos por el rostro como si quisiera borrar un mal recuerdo, volvió a calzarse los anteojos y habló. 
―Señorita ―se dirigió a mí―, estos estudios han dado un resultado que debemos corroborar. Necesito que se realice un par de exámenes adicionales… ―dijo garabateando sobre un trozo de papel que luego me tendió― antes de confirmar las sospechas. 
Tomé el papel entre mis dedos, no entendí la desfigurada caligrafía. El doctor pareció entender mi expresión. ―Se trata de una punción lumbar y una muestra seriada de glóbulos blancos―me explicó, un escalofrío me indicó que aquello no parecía ser un paseo por una fábrica de chocolate.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Countdown - Personajes principales

Para que sea más fácil seguir la historia que empecé a subir, esta entrada va dedicada a los personajes de Countdown y a cómo, en mi cabeza, los veía.

Jeanette Anne Fairchild. Interpretado por la actriz Anne Hathaway. 
Descripción: de pelo castaño y brillantes ojos cafés, Jeanette es columnista en el periódico The Sun de Londres. Independiente y con los pies sobre la tierra. A sus 24 años ha acumulado en su vida golpe tras golpe. La muerte de su madre a los 15 años, la depresión de su padre con su posterior fallecimiento cuando cumplió 18, el amor no correspondido en su juventud. A pesar de todo, Jean –como la llama su mejor amiga-, siempre tiene una sonrisa en su rostro, una palabra de aliento para los demás como para sí misma. Un espíritu emprendedor envidiable y sus deseos de encontrar la felicidad hasta en los últimos minutos de su vida, en las pequeñas cosas. 
Apariencia física: almendrados ojos y pelo cafés, con leves ondas, piel blanca, cuerpo esbelto y estilo sobrio. Un sábado a la noche prefiere quedarse en casa leyendo un libro y comiendo chocolate.

Alyssa Carrie Grant. Interpretado por la actriz Brittany Murphy. 
Descripción: Aly para los amigos, es una persona alegre, positiva. Ama su empleo y a sus seres queridos. Es la mejor amiga de Jeanette. Puede llegar a ser mandona cuando tiene sus sospechas y rara vez expresa sus sentimientos con palabras. Trabaja como columnista de modas del periódico The Sun de Londres. Con 25 años, Alyssa sueña en secreto con ser diseñadora de modas, pero cuando una amiga la necesita no lo piensa dos veces y es capaz de poner su felicidad por sobre la suya propia. 
Apariencia física: ojos grandes color café, cabello natural castaño claro, teñido de rubio, piel levemente bronceada, cuerpo curvilíneo y al último grito de la moda. Un sábado a la noche prefiere salir a cenar con sus amigos. 

Damien Acker. Interpretado por el actor Ian Somerhalder.
Descripción: con su sueño frustrado de ser escritor, prefiere seguir los deseos de su madre y comienza la carrera de arquitectura, llegando a convertirse en una de sus pasiones. Aunque en el fondo aún desea poder plasmar sus sentimientos en palabras escritas. Sus ojos azules, su sonrisa perfecta, su carisma y su garbo de galán le abrieron muchas puertas a lo largo de su vida, haciéndolo todo más sencillo que a los demás. Pero, en contra de muchas personas, Damien no encuentra favorable dichas facilidades. Aventurero y soñador, sólo espera poder encontrar una mujer que lo valore más allá de su exterior. 
Apariencia física: pelo rubio tirando a castaño claro en su juventud y más oscuro al pasar la veintena, ojos azules, piel bronceada, cuerpo trabajado y adepto a la ropa formal. Un sábado a la noche prefiere adelantar trabajo acompañado de una buena taza de café.


De Damien aún no se habla, pero sabremos de él muy pronto. Y hay dos imágenes de él, no sólo para agasajar al público femenino, sino también porque son el mismo personaje con siete años de diferencia. 
Para todos los que leer (Ny), mañana subiría siguiente parte.