Yanille miró entre la duda y la esperanza aquel trozo de tela rosa bordada. Una preciosa falda de algodón con delicadas rosas decorando todo su borde. Incluso podía verse dentro de ella, parecería una campanilla romántica.
Sonrió. Nada perdía con intentar.
La tomó, junto con otras prendas de aquel mostrador de su tienda favorita y corrió al probador. Se la calzó. Y la Yanille del espejo en aquel minúsculo cuarto le sonrió con aprobación.
La tela se ajustaba perfectamente a sus caderas y flotaba con suavidad hasta un poco más arriba de sus rodillas.
Sentía como si hubiera rejuvenecido. Como si una vez más tuviera dieciocho.
Recordó viejos tiempos, cuando salía a pasear con sus amigas y tomaba helado de chocolate y vainilla.
-¡¡Yanille!! ¡Sal! ¿Qué tanto haces allí dentro? –exclamó Fabrizio del otro lado de la cortina.
Ella no podía esperar por saber qué opinaba su esposo de aquella prenda. Quería oírle decir que le quedaba hermosa, que sus piernas se veían soñadas y que incluso parecía haberle aumentado un par de centímetros de estatura.
Salió con la misma sonrisa y un brillo en sus ojos muy parecido a la excitación de un nuevo descubrimiento, pero teñido de viejos recuerdos.
-¿Qué te parece? –musitó con su pequeña voz y giró sobre su eje para que Fabrizio la viera en todo su esplendor.
Él frunció el ceño.
-Depende de a quién quieras cazar con eso –dijo con voz brusca señalando la inocente prenda como si le hubiera ofendido profundamente.
Yanille eliminó la sonrisa de su rostro y de repente sintió que aquella falda era más corta de lo que parecía. Tiró de ella hacia abajo intentando cubrir más de su piel, pero la tela no colaboraba.
Fabrizio se acercó con ese paso dominante que siempre ostentaba, tomó su rostro entre ambas manos y se inclinó a hablarle en voz baja.
-Sabes que no me gusta que uses prendas cortas. Es como si estuvieras ofreciéndote a todo el mundo. Y tú eres sólo mía.
La besó posesivamente por un momento.
-¿Has entendido? –preguntó.
Yanille, sintiéndose culpable por lo que le había hecho, asintió con la cabeza. Fabrizio sonrió complacido.
-Bien, ahora quítate eso y pruébate esto –le ordenó y le tendió una larga falda color chocolate que le llegaría hasta los tobillos. No tenía bordados ni apliques.
Era lisa y aburrida, pensó Yanille. Pero supuso que las esposas debían vestir así, después de todo, Fabrizio sólo quería lo mejor para ella ¿no?
***
Esto es algo que he querido escribir hace tiempo. Quería reflejar la manera en la que algunas personas creen amar. Y, lastimosamente, muchas veces es el principio de algo peor. Lo digo porque los personajes de esta historia son reales y la mujer es amiga mía.
Es mucha la impotencia que uno sufre ante estas situaciones, el no poder hacer absolutamente nada porque lo toman de una manera tan natural que yo no alcanzo a comprender. No entiendo cómo es que alguien que te ame puede cortarte las alas de esta manera -y no hablo sólo del hecho de la forma de vestir-. Porque todo inicia con un pseudo control de la ropa, luego simplemente no le está permitido trabajar, estudiar o verse con amigas.
En mi humilde opinión, eso ya no es amor.

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